27 de febrero de 2014 / 03:27 p.m.

Monterrey.- La contaminación y el ruido parecerían no ser atractivos para quienes residen en las costas, pero en tiempos recientes, Monterrey ha recibido oleadas de visitantes originarios de las playas que llegaron a la gran ciudad para quedarse.

Son ruidosos como pericos, es que se trata de pericos, loros, cotorros, como quiera llamarles. Se establecieron en Monterrey por razones que aun están bajo estudio, pero parecen ser inducidos, es decir, probablemente estaban en cautiverio y de alguna forma recuperaron su libertad.

Han proliferado al instalar sus nidos en árboles y no parecen tener problemas de adaptación al clima, al alimento y a los obstáculos que representa una zona metropolitana atestada de gente.

Desde un observatorio incómodo, pero privilegiado, como el Faro del Comercio, Brenda Sánchez, secretaria de Desarrollo Urbano y Ecología de Monterrey, dio un adelanto de un estudio emprendido por un equipo de biólogos que durante treinta días realizó una investigación en diez parques públicos.

A setenta metros del piso hubo oportunidad de contemplar el sincronizado vuelo de las parvadas, algunas de apenas tres ejemplares, y otras numerosas, pero todas igualmente amantes del ruido.

Y aunque dicen que el buen perico donde quiera es verde, vienen con distintas coloraciones complementarias, aunque el verdaderamente verde verde es el perico quila, uno de los de mayor presencia en monterrey.

Pero hay otras variedades con algunas aplicaciones que los distinguen y hasta les dan su nombre. Como el loro cachete amarillo, o el cabeza amarilla, o el tamaulipeco de cabeza roja, o el loro de corona guinda.

En rigor se trata de vecinos invasores, sin embargo han actuado de buena fe, no desplazan a las especies nativas, aunque de pronto pueden tener alguna confrontación con los tordos, primos de las hurracas, que compiten en ruido y en territorialidad.

Los pericos se abastecen de alimento con los brotes,  flores o frutos de anacuas, álamos, huizaches, palmas y en general de la vegetación que predomina en los parques de Monterrey, entre ellos la alameda, el rio La Silla y la plaza Zaragoza.

Su presencia ha sido vista con simpatía por los regiomontanos, que se solazan al observarlos en su enérgico batir de alas que no parecerían ser capaces de sostenerlos.

Hoy los pericos han tomado carta de naturalización en Monterrey y parecen disfrutar de su libertad en una ciudad que, a pesar del agobio de la industria y el tráfico vehicular, muestra algunos destellos del verdor que algún día la distinguió.

Joel Sampayo