23 de julio de 2014 / 04:01 p.m.

Veracruz.- En la central de Laguna Verde, Veracruz todo hace creer que hay tranquilidad; los mecanismos generadores de electricidad parecen funcionar sin problemas, pero de pronto, emerge un sonido que nadie quisiera escuchar: es la escalofriante sinfonía de una alarma nuclear.

Todos los focos empiezan a parpadear. Una rítmica ola acústica advierte que surgió un problema grave, pero, tranquilícese, lo que acaba de ocurrir fue un simulacro.

Realizado en una réplica exacta al cerebro central de la planta atómica de Laguna Verde, este ejercicio forma parte de los entrenamientos habituales a los que son sometidos el personal para enfrentar y resolver crisis en condiciones lo más parecidas a la realidad.

Ante una situación de riesgo, el reactor puede apagarse en siete segundos. Todos los botones, los controles, los monitores, son idénticos a los originales. Es un simulador a tamaño real, donde los técnicos deben tomar decisiones rápidas para sofocar cualquier problema.

Nos trasladamos al panel de control original. Aquí, Sergio Martínez, responsable del reactor nuclear uno, explica para qué sirve cada uno de los instrumentos a su mando.

Llega el momento de penetrar al corazón del reactor nuclear, hay que pasar por innumerables controles, pasillos, puertas reforzadas; se sienten oleadas de calor por las cercanas calderas; el ruido es cada vez más intenso hasta que arribamos a un gran salón, tan extenso como una cancha de futbol.

Las paredes y el techo simulan una gigantesca canasta tejida con vigas de hierro que sostienen paredes de concreto que van de sesenta centímetros hasta un metro veinte de ancho que a su vez están reforzadas con varillas de acero tan gruesas como un brazo humano, suficientes para soportar y contener una gran explosión.

Todas esas medidas de seguridad son para custodiar la joya de la corona.

Pero antes, el subgerente y encargado de la operación de la planta Pablo Chama Mirón advierte de los riesgos.

Y nos acercamos a una de las tres albercas con agua de una formulación especial donde será realizado el proceso de carga del  combustible atómico que pondrá a funcionar el reactor.

A cuatro metros de profundidad, el agua se convierte en el blindaje para controlar la radiación que emite el uranio 235, principal fuente de poder del reactor, en forma de bomba. En su interior 444 ensambles de combustible nuclear, similares a velas anaranjadas, del ancho de un lápiz y de 94 centímetros de longitud serán incrustadas en un sistema de varillas especiales.

Son 444 capsulas de uranio enriquecido. Cada una desprende la misma energía de 810 kilos de carbón, 565 litros de petróleo o 480 metros cúbicos de gas natural.

Los dos reactores pueden trabajar alternadamente 18 meses al final de los cuales se hace una recarga del 25 por ciento del combustible que en promedio se ha consumido en año y medio de operación.

Ha llegado el momento de la recarga de combustible hacia el reactor. Un fascinante fulgor en azul intenso se trasluce entre la coraza de aguas engañosamente mansa, es el poder del átomo que, al ser ingestado al reactor, comenzara a desintegrarse en una matemática reacción en cadena que multiplicara la energía de manera controlada para hervir el agua que se convertirá en vapor y a su vez impulsará las turbinas que generarán la electricidad, algo casi mágico, sin emisiones contaminantes al aire, energía pura.

La era nuclear tuvo una terrorífica presentación ante el mundo en agosto de 1945. Dos bombas atómicas lanzadas por aviones norteamericanos causaron cerca de 200 mil muertes en las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki.

Pero en Laguna Verde, Veracruz, ha sido emprendida una campaña para tratar de despojarle de esa mala fama. Y para eso abrieron las puertas a quien quiera visitarla. En un año unas 12 mil personas han ingresado en tours guiados, revelo Marcelino Jacome, encargado de comunicación, quien afirma que hay mas radiación afuera de la planta nuclear que dentro de ella.

Hace medio siglo surgió el proyecto para  la construcción de seis reactores nucleares. Varias crisis económicas después, pudieron echarse a andar las dos primeras en 1990 y 1995. Existe la infraestructura para instalar dos más. Si fluyeran los recursos, la construcción iniciaría en dos años, luego de actualizarse los estudios correspondientes,

Laguna Verde soportaría tsunamis, terremotos y huracanes, sostiene su gerente Agustín Lozano Oláez que, reconoce que existe una fuerte corriente de opinión que relaciona en automático la energía nuclear con temas de guerra o catástrofes. Pero defiende una tesis:

Mientras el fantasma de la guerra ronde en el mundo, las miradas seguirán en torno a las plantas nucleares, que trataran de emerger ante un planeta cada vez más escaso de fuentes de energía.

FOTO: Archivo

JOEL SAMPAYO CLIMACO | @joelsampayoc | Enviado Especial