17 de junio de 2014 / 11:22 p.m.

Monterrey.- Se mesó los cabellos, gritó como nunca, sufrió más de lo que gozó, al final pagó su cuenta y se fue suspiro tras suspiro, al ver que México sacó el empate ante Brasil en el Mundial de Futbol.

Se trata de Juan Ignacio Meléndez, empleado de un despacho de abogados, que acudió a un restaurante -donde la especialidad son la variedad de alitas de pollo picosas, ubicado en Padre Mier y Zaragoza, en pleno centro de Monterrey-, para ver el partido de México contra la selección carioca.

Su reloj registraba las 13:30 horas cuando llegó a la cita, a tres cuadras de su trabajo, el abogado hizo fila durante 20 minutos, llegó con un compañero de la oficina y citó allí a dos amigos de su barrio.

Tuvo suerte, 10 minutos antes de iniciar, ya le habían asignado una mesa para cuatro personas, los amigos del barrio llegaron al minuto dos del partido.

Celoso de su deber, un mesero que vestía la verde, se les acercó, se presentó y les entregó el menú.

El plato inicial, unas alitas con chiles jalapeños rellenos de queso y papas fritas para botanear, mientras Brasil empezaba con sus embates contra la Selección que comanda Miguel “El Piojo” Herrera.

Claro, la botana no era igual sin la cerveza, dos de ellos pidieron de botella verde, los otros la tradicional.

Corrían los primeros 25 minutos del juego y los nervios de punta para los cuatro, México no daba una y Neimar, Marcelo y compañía con sus jugadas y la presión sobre el marco del portero mexicano, Guillermo Ochoa, tenían a Juan Ignacio y sus amigos en la orillita de sus sillas:

“No manches, ya no me traigas servilletas, compadre, mejor tráeme un pañal, con estos cabrones de Brasil nos infartamos o mojamos los pantalones, nos tienen contra la pared. El Maza, está haciendo agua en la defensa”, comentaba en broma el abogado a un empleado del restaurante.

Pasado el minuto 30, las cosas se nivelaban un poco, el Piojo hizo ajustes y se emparejó el encuentro, hasta la llegada del medio tiempo.

Hasta parece que se pusieron de acuerdo, uno por uno desfilaron rumbo al baño el líquido consumido había hecho su función, ayudado, claro, por el miedo que les metió Brasil en los primeros minutos.

Ya para el segundo tiempo, habían consumido sus hamburguesas con papas a la francesa, pero les quedó, un huequito y de nuevo alitas con papas fritas y chiles jalapeños con queso.

La situación a ellos y a México les cambió, ya el juego estaba más parejo, se seguía sufriendo pero el portero azteca parecía una muralla, todo lo paraba, en cambio, Gío y Oribe Peralta también hacían temblar a los brasileños.

El ambiente en el restaurante era bueno, en la planta alta, en la planta baja, en cualquier rincón se escuchaban gritos de emoción por el embate de los mexicanos, y también gritos de terror, por la respuesta de los cariocas.

Hombres y mujeres por igual sufrían y gozaban con el ir y venir del juego en el segundo tiempo cuando de repente en el establecimiento, se apareció una botarga con la figura de un pollo, era la mascota del lugar, que se dejó querer, se tomaba fotos con el que lo deseara.

El final se aproximaba, era hora de regresar a la chamba para algunos, y procedieron a levantar la mano, no para apoyar, sino para presionar, no a los brasileños, más bien a los empleados del restaurante: Ya pedían la cuenta.

Se acabó al partido 0-0, no se hicieron daño, el ganón no fue México, menos Brasil con el empate con sabor a derrota; el ganón fue el pollo del restaurante, asediado y querido por los comensales, que de pasadita le dejaron una que otra propina, con lo que muy probablemente redondeó una buena jornada laboral.

FOTO: Jorge López

Ricardo Alanís