Crónica de Joel Sampayo Climaco
21 de abril de 2014 / 01:44 p.m.

Monterrey.- Respetuosamente y en silencio, el padre Jorge, rector de la basílica de la Purísima Concepción de Monterrey, ingresó al recinto especial donde permanece bajo custodia un objeto sumamente preciado...

Con cuidado extendió la funda que protege un ropaje único: es el que utilizó el Papa Juan Pablo Segundo en su última visita a Monterrey el 10 de mayo de 1990.

En aquella ocasión, el nuevo santo de la Iglesia católica ofició una misa para las madres mexicanas en el lecho seco del Río Santa Catarina, muy cerca del Puente San Luisito, donde 11 años antes, dirigió un mensaje a los obreros del mundo.

Después de su segunda misa en Monterrey, el papa obsequió la vestidura al entonces arzobispo de Monterrey Adolfo Suárez Rivera, y él dispuso que a su muerte fuera llegada al padre Rodríguez Moya. Ante la elevación de los altares de Juan Pablo II, su casulla se convierte en una venerable reliquia de segundo grado.

Y es que existen tres grados en las reliquias de algún santo.

El padre explica que en el primer grado pertenecen aquellas cosas que formaron parte del cuerpo, como lo es el cabello o los huesos, inclusive parte de algún órgano.

En segundo grado se encuentra aquellas cosas que le pertenecieron en vida al santo.

Mientras que en la de tercer grado son aquellas cosas que tuvieron contacto con la tumba o los restos mortales del santo.

Y claro que esa prenda tiene un valor excepcional.

Ante la elevación a los altares de los Papas Juan XXIII y Juan Pablo II, la franqueza del sacerdote regiomontano Jorge Rodríguez Moya va más allá de lo convencional