30 de marzo de 2014 / 01:51 a.m.

Monterrey.- Iniciaban los años ochentas. El centro histórico de la ciudad de Monterrey parecía haberse congelado desde el arranque de la segunda mitad del Siglo XX.  Los mismos viejos edificios, la misma fuente, la misma plaza Zaragoza, con una fuente coronada por una estructura ovalada.

Casonas de sillar construidas antes de los tiempos de la Revolución formaban parte del entorno arquitectónico del corazón de la capital de Nuevo León. El gobernador Alfonso Martínez Domínguez, conocido por su mano dura, ordenó fueran realizados estudios para regenerar las 40 hectáreas enmarcadas en las avenidas Constitución, Zaragoza, Doctor Coss y Washington. Fue un proyecto que se mantuvo durante 18 meses como un secreto de estado. No convenía disparar los precios ni inquietar a las 283 familias, ni a los 310 dueños de negocios que componían el vecindario.

Terminados los proyectos, de pronto, el gobernador Martínez Domínguez lanzó una severa autocrítica: "Monterrey es una ciudad sucia, chaparra y fea". Y, a su estilo, emprendió la remodelación del espacio comprendido entre el palacio de gobierno y el palacio municipal en lo que llamó "La gran plaza de palacio a palacio".

Un columnista la bautizó como la "Macroplaza", a pesar del enojo de Martínez Domínguez, que argumentaba que sonaba como a catástrofe, como a macrosismo, pero la voz del pueblo fue más poderosa que las ordenes del gobernador y comenzaron las obras, demoliendo piedra por piedra, sillar por sillar, las añejas estructuras, la mayoría de un piso, y de doble altura, como se estilaba en el Monterrey del principio del 1900.

Dos eventos se convirtieron en símbolo histórico de la demolición, la caída del cine Elizondo y la explosión del edificio de Roberts. La sala de espectáculos apenas tuvo 37 años de vida.  Era un majestuoso recinto de 1792 butacas, cuya decoración, entre las que destacaban un inmenso dragón y la figura de un buda, se convertían en motivo de admiración de los regiomontanos de la época.

El cinema Elizondo proyectó su película el 10 de septiembre de 1945, en plena Segunda Guerra Mundial. Fue proyectada la pelicula "China", estelarizada por Loretta Young y Alan Ladd, y a esa función de estreno acudieron los primeros actores María Félix, Jorge Negrete, Mario Moreno "Cantinflas", Gloria Marín y Domingo Soler.

37 años después, en 1982, sus espléndidos relieves de palacios chinos, su gigantesca pantalla, sus cómodas lunetas, quedaron convertidos en ruinas.  Justo en la época que el presidente José López Portillo, en la lectura de su último informe de gobierno anunciaba entre lágrimas que había decidido expropiar la banca privada mexicana.

Entre los barullos políticos, en monterrey había la cuenta regresiva para las elecciones municipales. Óscar Herrera Hosking, ingeniero civil, encabezaba los trabajos de demolición, pero le faltaba un duro obstáculo: derribar el sólido edificio de Roberts, ubicado en la manzana que formaban las calles de Zaragoza, Padre Mier, Morelos y Zuazua. Tenía siete pisos, un gran estacionamiento, un boliche y sobre todo se convertía en un gran reto para retirarlo.

Una poderosa serie de explosiones convirtió en polvo la estructura en siete segundos. Y entre la tolvanera salió un anuncio: Herrera Hosking se convertía en candidato a la presidencia municipal de Monterrey.

Vino la construcción de andadores, plazoletas, estacionamientos subterráneos, jardines. A los lados fueron surgiendo el teatro de la ciudad, la biblioteca central, el Congreso del estado, el Tribunal Superior de Justicia.

Lo único que aún persiste de aquellas viejas construcciones es la Capilla de los Dulces Nombres, aún abierta al público, mientras es anunciado que la futura construcción de un hotel prácticamente la engullirá. 

Mientras tanto, en sus alrededores prevalecen la Catedral, el Casino Monterrey, el Círculo Mercantil, el Museo Metropolitano, antes Palacio Municipal, el Condominio Acero y algunos antiguos monumentos que han logrado sobrevivir a los sueños faraónicos de un gobernado.

 JOEL SAMPAYO