LILIANA CAVAZOS | @lilianacavazos
15 de mayo de 2017 / 11:00 a.m.

PESQUERÍA.- Al perímetro de la escuela Lázaro Cárdenas en la comunidad de Santa María le rodean chivas, gallinas, naranjos y granadas. Hay calma y aire fresco de campo. Aquí da clases Vladimir Rodríguez, quien hace 14 años egresó de la escuela Normal Miguel F. Martínez pensando que, al igual que muchos de sus compañeros, conseguiría una plaza en la zona metropolitana de Monterrey.

Cuando le dieron la noticia pensó que su estancia en la zona rural sería de medio ciclo escolar, pero, al poner el primer pie en la pequeña escuela ejidal hubo un cambio de paradigma.

"Los padres de familia me acogieron, esta comunidad tenía mucha necesidad, tiene mucha necesidad" comparte Vladimir, quien además de recibir estas muestras de cariño, encontró que en sus manos estaba la posibilidad de echar adelante la escuela, sus estudiantes e incluso el ejido.

Durante sus primeros años de trabajo, era muy común la inasistencia y deserción escolar. "Muchos de los padres se llevaban a sus niños a la pizca, a las pacas, a vender elotes, pero fuimos cambiando eso de a poco. Ahora los padres de familia comprenden la importancia de que los niños no falten a clases, pero eso sí, estos estudiantes los fines de semana trabajan con su familia en el campo, no tienen descanso", narra el profesor, quien luego se dirige a sus estudiante y pregunta: "¿quién de ustedes vende elotes?".

Acto seguido poco más de la mitad de sus 20 alumnos levantan la mano y comienzan a comentar.

- Yo cargo pacas.
- Siempre voy con mi abuelito.
- ¡Vamos a los elotes!

Vladimir da clases a estudiantes de quinto y sexto año de primaria. Es un grupo compartido, misma modalidad para el resto de la escuela, es decir, otro profesor se encarga de primero y segundo, y otro más de tercero y cuarto. En total son 60 estudiantes y tres maetsros . Pero la tarea de Vladimir no termina en el aula, porque además es el director.

"Sólo que aquí es muy diferente que en la ciudad, no hay personal administrativo, así que aquí tenemos que hacer todo nosotros", explica.

Para levantar la escuela, Vladimir se trazó un proyecto. Primero, que las aportaciones voluntarias de los padres de familia no fueran directamente a infraestructura.

"Cuidamos mucho que ese dinero no se vaya a las bancas o a la pintura de la escuela, sino a comprar útiles escolares, pensar primero en que el alumno tiene que estudiar", cuenta.

Lo segundo fue gestionar apoyos con municipio o con las empresas que están instaladas en el mismo municipio de Pesquería. De esta forma, el profesor y los padres de familia consiguieron instalar un techo de lámina en el patio central, la adquisición de libros para la biblioteca, instrumentos musicales como teclado y guitarra, material didáctico y computadoras.

"Le pido ayuda a un amigo que es ingeniero para el mantenimiento de los equipos", aclara.

"Aquí la gran ventaja es que los niños no tienen distracciones como las hay en la ciudad", explica Vladimir. "Los padres de familia tienen mucho respecto al maestro, no hay casos de bullying de pandillerismo o problemas de ese tipo, y casi todos los alumnos son familia entre sí, lo cual ayuda mucho", comparte.

Tan sólo el ciclo escolar pasado, la escuela rural Lázaro Cárdenas puso en alto su nombre. A nivel nacional y estatal ganaron en la Olimpiada del Conocimiento Infantil. A nivel zona el primero y segundo lugar de lectura, además del tercero en oratoria. En el concurso de Matemáticas que organiza la Universidad Autónoma de Nuevo León obtuvieron el tercer lugar. Una de sus estudiantes fue reconocida a nivel zona por haber leído durante todo el ciclo 157 libros, es decir, devoró tres libros por semana.

Gracias a estos logros, Vladimir ha recibido invitaciones para dar clases incluso a nivel Superior. Pero para él esta claro: su misión está en el pequeño ejido de Santa María, municipio de Pesquería, de donde sabe que si bien algunos niños seguirán el camino de sus padre y trabajarán en el campo, estos lo harán mejorando su calidad de vida, y que además, se despierta la gran posibilidad de que algún día no muy lejano, en las manos de estos niños esté el futuro.

"¿Quién no nos asegura que un día, estos niños tengan la cura contra el cáncer?", lanza Vladimir con firmeza una pregunta al aire.