JOSÉ ANTONIO BELMONT
9 de septiembre de 2016 / 01:11 p.m.

VERACRUZ.-  Un mal día, Maricela y Minerva tuvieron que dejar sus vidas como las conocían hasta entonces. Fueron forzadas por el crimen organizado a abandonar todo: familia, casa, amigos, incluso sus propios recuerdos y, por momentos, hasta sus nombres: ese es el destino de un desplazado en México.

La violencia ocurrida en los últimos años en gran parte del país es uno de los factores que ha dejado a miles sin hogar e identidad. Veracruz no es la excepción: familias enteras han escapado de la entidad para lograr mantenerse con vida.

Solo de agosto de 2009 a septiembre del año pasado, el Inegi registró 10 mil 584 personas que dejaron dicho estado a causa de la “inseguridad pública o violencia”.

En 2014, Maricela Orozco huyó junto con su familia de Medellín, municipio ubicado apenas a 14 kilómetros y menos de media hora de distancia del puerto.

El 15 de marzo de ese año, uno de sus hijos fue secuestrado y, en el intento de rescate, otro fue asesinado de… 83 balazos.

Todo ocurrió en menos de 24 horas y en el mismo fraccionamiento, Arboledas San Ramón, donde vivía.

Su hijo, Gerson Quevedo, tenía 19 años y era estudiante de arquitectura. “Esa mañana solo fue al Oxxo y ya no regresó”. La exigencia de los secuestradores era 80 mil pesos; para el mediodía ya habían entregado 50 mil, y una cadena de oro.

Entonces, se acordó la liberación.

“Por horas me quedé esperando con mi esposo en donde supuestamente lo iban a dejar y no sucedió. Entonces decidimos regresar a la casa porque ya era tarde, casi medianoche y nada; mientras mi yerno y otro de mis hijos decidieron ir a buscarlo en la colonia.

“Unos minutos después nos hablan por teléfono y nos dicen que un carro los venía siguiendo, enseguida oímos un montón de disparos… Cuando llegamos ya los habían acribillado, a mi hijo todavía lo remataron con un tiro en la sien y otro en el pecho”, relató Maricela.

Su otro hijo, Alan, tenía 15 años, era portero del equipo de futbol Veracruz en la categoría sub 17, estudiaba la preparatoria. Su yerno, Miguel Caldelas tenía 25, era subcampeón nacional de taekwondo y para entonces ya iniciaba un negocio de tráileres.

“Ahí empezó nuestro calvario: ¿cómo regresamos adonde vivíamos? Era muy bien entendido que nos tenían ubicados. Al otro día volvimos pero escoltados por policías y solo para sacar ropa y velar a mi hijo. Me llevé su uniforme de futbol, que era lo que más le gustaba.

“Desde ahí ya no pude regresar a mi casa, apenas volví la semana pasada a sacar unas cosas, las pocas que me dejaron, porque ya entraron a robarme tres veces”, recuerda.

Entonces Maricela decidió separarse de su hija y la envió con unos conocidos que vivían en otro estado, mientras ella y su esposo comenzaron a buscar en la Ciudad de México a un colectivo de víctimas del que les habían platicado y que podía ayudarlos.

“La primera noche que llegamos ahí dormimos en una gasolinera, no teníamos a dónde llegar, nos salimos sin nada… Después encontramos al colectivo, nos dieron posada como un mes y luego nos ayudaron a conseguir un departamento. Ya para entonces nos reencontramos con nuestra hija.

“Ellos vendían frutas, entonces nos llevaron a su negocio para ayudar, luego yo comencé a vender comida y empezamos a movernos porque no podíamos hacer otra cosa. Es iniciar de cero, es horrible…”


                     LA HISTORIA DE MINERVA ESPINOZA

Minerva Espinoza también se fue de Veracruz, ella huyó en 2012 de Tlapacoyan, municipio localizado a poco más de 100 kilómetros y casi dos horas de distancia de Xalapa.

Ese año, su esposo fue secuestrado. Ella quiso hacer la denuncia pero, según cuenta, agentes del Ministerio Público se lo obstaculizaron: al regresar a su casa recibió una llamada de los presuntos plagiarios con la advertencia de que no lo intentara otra vez o también se llevarían a su hija.

Desde esa amenaza comenzó a percatarse de que camionetas y motocicletas vigilaban las inmediaciones de su casa. Minerva decidió irse a Puebla con su hija y desde ahí intentar justicia. También se unió a un colectivo de búsqueda de personas desaparecidas.

“Ya entrada la madrugada tuvimos que salirnos de la casa, pero no por la entrada principal, porque había gente vigilando. Trepamos bardas para poder huir, nos fuimos sin un peso en la bolsa, con una mochila al hombro, con una sola muda de ropa”, contó.

En estos casi cuatro años, la señora Minerva tuvo que ir y venir de Veracruz por cuestiones de la investigación. No obstante, apenas concluían se iba de Tlapacoyan y del estado.

Hace unos meses, Minerva vivió otro desastre: por fin encontró el cuerpo de su esposo en un Ministerio Público de Veracruz pero, sin pruebas de identificación, entregaron los restos de su marido... a otra familia que también buscaba a su desaparecido.

“Le entregaron a mi esposo a otra familia porque lo identificaron por un calcetín.
Después de tres años y medio yo no sabía que se había guardado un pedacito de esternón y apenas me enteré pedí que se hiciera la prueba de ADN que salió positiva, ¡era mi marido!”, puntualiza.

Historia macabra. La otra familia ya había cremado los restos del esposo de Minerva, aunque con los nuevos resultados fueron obligados a regresar las cenizas que hoy las tiene… en un tupper cerrado y con cinta canela.

La señora Minerva no puede cambiarlas a una urna porque no cuenta con el certificado de defunción de su esposo, y es que primero se debe anular el que tiene la familia a la que le entregaron equivocadamente los restos.

“Fue un milagro que lo pudiese haber encontrado; si no, hubiese estado condenada a una búsqueda eterna. He venido caminando con la cruz a cuestas, porque me han quitado la tranquilidad y la paz. Nos hemos desgastado demasiado, la familia te da la espalda porque tiene mucho temor de que corran la misma desventura. Sin embargo, he estado luchando, no he cedido”, dice.

***

Actualmente, Maricela y Minerva no tienen una residencia fija. Como tantos otros desplazados, buscaron el apoyo de autoridades estatales y nacionales, pero no encontraron programas para personas como ellas.

“Casa… esa palabra siento que no me va, de verás no me va. Esto no es mi casa. Mi casa estaba allá, mi familia y todo estaba allá, esto es un lugar nada más donde vivo, pero mi casa no, no lo es ni lo siento ni nada”, exclama Orozco.

“Nos vamos sin nada porque todo dejamos por salvaguardar la vida, y nos enfrentamos a que no hay programas de vivienda, no hay nada esa naturaleza para atender lo que estamos viviendo”, se lamenta Espinoza.

Maricela ha comenzado la búsqueda de su hijo en fosas clandestinas y aunque Minerva ya encontró a su esposo, ambas, desde los colectivos que integran, impulsan una nueva ley de víctimas y de desaparición forzada para desplazados que ya entregaron a los legisladores.

“El dolor que yo siento es mis hijos, es lo que a mí me duele, no tenerlos, el estar viviendo aquí, allá, acullá, no me importa. Muchas veces me preguntan: ‘¿Dónde quisieras vivir?’. No me importa dónde, aunque fuera una choza en Baja California, Yucatán. Me da igual, lo único que quiero es encontrar a mi hijo”.

Mientras tanto, siguen desplazadas…