MILENIO DIGITAL/ÉRIKA FLORES
28 de julio de 2015 / 08:17 a.m.

Ciudad de México.- Bajo su capa de estudiantina blanca, Mauricio y Sonia son apenas un par de niños más que cantan con emoción y aprenden a tocar algún instrumento musical dentro del coro monumental y orquesta de guitarras "Suma de voluntades, nos mueve la paz", adscrito al programa de prevención y participación ciudadana de la Secretaría de Gobernación.

En realidad, ellos no son cualquier niño, por eso les llaman "Los niños de Zamora", para no hacerles recordar que estuvieron en el albergue de "Mamá Rosa", La Gran Familia, que justo hace un año las autoridades federales cerraron, después de atender denuncias de abuso, maltrato y privación ilegal de la libertad a cientos de menores.

La vida es otra para Mauricio, el niño de 13 años que aún arrastra consigo lo que quedó de su paso por La Gran Familia: timidez, inseguridad y un permanente tic en ambos ojos que no cesa con nada.

"Estuve ocho años en Zamora y aprendí a tocar el tambor con Manuel, él nos enseñaba a tocar en el piso con las baquetas, pero ahora intento tocar el piano en Vivan los Niños, cuenta, refiriéndose a la casa hogar del DIF de Michoacán, donde actualmente vive.

"En Zamora también cantaba en el coro y la banda de guerra. En el coro yo salía a México como solista y lo disfrutaba, porque ahí no era violencia. En Zamora te agarraban a golpes y abusaban de ti y tu cuerpo", relata.

Por eso él sentía que la música lo relajaba y emocionaba, disfrutando de escuchar los sonidos, pues le provocaban diversión y salía de su estrés, ese que aún sigue manifiesto en el tic de sus ojos.

"Me gustaría de grande ser cantante y pianista, aunque aún no me sale bien con la mano izquierda, es que es más difícil alcanzar las teclas con esos dedos."

Sonia tiene apenas ocho años y la realidad es que le fue mucho mejor que a Mauricio, pues solo estuvo con Mamá Rosa un par de meses. Adora cantar, le gusta el coro.

"¡Siento muy bonito cuando canto y quiero mejorar. Me gusta cuando me felicitan y me dicen que soy buena niña", expresa con su cara limpia, sonriente y una coleta adornada con listón blanco, preparada para cantar con el resto de sus compañeros en el Palacio de Bellas Artes, uno de los recintos más importantes del país. Lejos quedaron aquellos días en Zamora, cuando recibía reglazos en la palma de sus manos o la yema de sus dedos, como castigo por alguna conducta. Hoy sus dedos tocan la flauta.