VÍCTOR HUGO MICHEL|MILENIO
21 de abril de 2015 / 10:10 a.m.

Chicago.- Ayudados por una producción de amapola en México que ha alcanzado niveles históricos, los cárteles mexicanos de la droga se han adueñado en la última década de 50 por ciento del mercado de la heroína en Estados Unidos, negocio que les reditúa potencialmente hasta 13.5 mil millones de dólares al año, advirtió la Administración Antidrogas estadunidense (DEA) por sus siglas en inglés.

Datos oficiales del gobierno estadunidense arrojan una cifra preocupante: ante el declive de sus competidores colombianos y la mayor agresividad de las organizaciones mexicanas, el cártel de Sinaloa, Guerreros Unidos, Jalisco Nueva Generación y Los Zetas, entre otras agrupaciones, se embolsan todos los años el equivalente a 206 mil millones de pesos solo por la venta y trasiego de heroína. Es casi tanto dinero como el que gastó el país en educación en 2015 y más de tres veces el presupuesto de la Secretaría de Defensa Nacional. Equivale al producto interno bruto entero de estados como Morelos, Aguascalientes, Zacatecas o Nayarit.

“Los números más recientes nos decían que 51 por ciento de la heroína que se consume en Estados Unidos venía de Sudamérica, mientras que 49 por ciento venía de México. Pero esos datos son de hace dos años. Ahora vemos que se han repartido 50 y 50 por ciento”, dijo a MILENIO Dennis Wichern, agente especial de la DEA a cargo de la división Chicago, una de las ciudades más golpeadas por el resurgimiento de esta droga.

Ese 5 por ciento no es poca cosa: cada punto porcentual ganado por los cárteles mexicanos representa miles de millones de dólares en ganancias, de acuerdo con estadísticas públicas. En su reporte Lo que Gastan los Americanos en Drogas Ilegales 2000-2010, dado a conocer en febrero del año pasado, la Oficina Nacional de Política Antinarcóticos de la Casa Blanca (ONDCP) estimó que los estadunidenses destinan 27 mil millones de dólares a comprar heroína cada año. Kilo por kilo, es la droga más cara del planeta. A manera de ejemplo, el precio de un gramo puro puede alcanzar en la calle hasta 465 dólares.

El Informe Anual de Amenazas de Narcóticos de la DEA 2014 —último disponible— da cuenta de que en la competencia por el control del enorme mercado estadunidense de heroína, los cárteles colombianos han cedido terreno paulatinamente a sus competidores mexicanos. El rastreo genético hecho por Washington a la droga incautada en EU muestra que desde hace 12 años la variante sudamericana ha perdido espacios frente a la mexicana.

En 2003, 90 por ciento de toda la heroína decomisada venía de Colombia. Para 2012 esa cifra ya era 55 por ciento. Para 2015, se cree, ya es 50 por ciento, lo que deja el resto a la producida en México.
“He escuchado a mucha gente decir que la heroína regresó. Más bien creo que nunca se fue”, dijo el agente Wichern.

Si la crisis de la heroína que hoy vive Estados Unidos tiene un epicentro, ese es Chicago. La ciudad de los vientos vive la peor epidemia de sobredosis en su historia y las organizaciones mexicanas han ayudado en buena medida a su expansión (Guerreros Unidos inundó Chicago de heroína, MILENIO 20/04/2015).

mariguana

Después de unos minutos de calentarla en la flama abierta de un encendedor, la mezcla comienza a burbujear y los últimos rastros de polvo blanco se disuelven por completo en el agua salina. Como un gato, John J. se relame los labios y jala el émbolo de la jeringa. La aguja succiona hambrientamente el revoltijo, muy parecido al café con leche.
—Ya casi está lista —dice este yonqui. Luce demacrado, como si tuviera una gripa atroz. Su nariz gotea de moco, los ojos se ven hundidos, el cabello está sucio y la piel se aprecia marcada por pequeñas llagas.

La apariencia es lo último que le importa a lo que queda de este hombre, a quien tampoco preocupa una hipotética escasez de heroína, porque eso es algo que nunca, jamás, en lo absoluto pasa, pese a lo guerra, los policías y lo que dicen y hacen los gobiernos de Estados Unidos y México. Siempre hay droga que inyectarse y quien se la venda a él, que no es otra cosa más que el último eslabón en una cadena productiva que inicia 3 mil 500 kilómetros al sur, en la sierra guerrerense.

Gracias a la perspicacia empresarial con la que el cártel de Sinaloa y Guerreros Unidos han logrado establecer una envidiable logística de producción-transporte-venta, Chicago y parte de Estados Unidos nadan hoy en heroína. La crisis es evidente tanto en los suburbios ricos como en las calles más bravas de la ciudad, donde las jeringas usadas se acumulan a plena vista en los botes de basura, sus agujas apuntando ominosamente al aire. En el lado oeste, la parte más peligrosa de la zona metropolitana, pareciera que hay un punto de venta en cada esquina. En el este, su parte más afluente, hay miles de consumidores.

“¡Tío, hay por todas partes y es barata! Ahora hay que cuidarse un poco más, porque ya no puedes ser tan descarado, vaya, ya no es como que corren detrás de ti y te gritan ‘¡polvo, polvo, polvo!’, pero todo mundo sabe quién la vende y en dónde comprarla”, responde John, un esqueleto de hombre que ha comenzado a temblar porque desde hace tres horas no se dispara una carga y la ansiedad ya está encima.

Con la rapidez vertiginosa de una inyección bien colocada en la vena, la heroína mexicana está tomando por asalto México y Estados Unidos, donde no solo John, sino una nueva generación de usuarios está cayendo en esta droga, la más adictiva del planeta. Una investigación de MILENIO permite documentar parte del cambio que está resintiéndose por el retorno de este opiáceo en los suburbios de Cincinnati, las salas de emergencia de Chicago, los centros de tratamiento para adictos de la frontera en Tijuana y decenas de pequeños poblados en la sierra de Guerrero.

Las estadísticas oficiales apuntan a que en algún punto de la última década, una marejada de heroína inundó ambos países, generando efectos económicos y de salud pública en cascada en comunidades tan distantes como Iguala y Milwaukee. En México, su producción está por los cielos, lo mismo que la importación de medicamentos para tratar su adicción. En Estados Unidos, el que vuela es su consumo.
En nuestro país, el Reporte Mundial de Drogas de la ONU para 2015 estima que la producción ilegal de amapola —de la que se deriva la heroína— ha llegado a máximos históricos, con 11 mil hectáreas de plantíos disponibles.

La Oficina Nacional de Política Antinarcóticos de la Casa Blanca calculó, apenas en febrero pasado, que la producción de heroína en México entre 2006 y 2012 llegó a 210 toneladas métricas. Al precio corriente en las calles estadunidenses, sería el equivalente a 12 mil millones de dólares o todas las exportaciones agropecuarias del país en 2013.

Las alertas están prendidas en Chicago. “Estamos sufriendo una verdadera epidemia”, admitió Dennis Wichern, titular de la DEA en la ciudad. “Cada tres días muere alguien de sobredosis por heroína en Estados Unidos”.

En los Grandes Lagos, más cerca de Canadá que de México, organizaciones que pueden parecer poco experimentadas, como Guerreros Unidos, han aprendido a identificar y explotar el nuevo nicho abierto por la creciente adicción a la heroína entre adolescentes blancos de perfiles económicos privilegiados. Son personas que jamás habrían consumido esta droga en el pasado, pero que hoy gastan en promedio hasta 50 dólares diarios para un hit, una inyección, una línea. Se graduaron de usar opiáceos como oxicontina, percodan y demerol a la madre de todas las drogas.

A escala macro, en el resto de la Unión Americana, el número de muertes por sobredosis de heroína se ha disparado a niveles de escándalo: hoy más estadunidenses mueren por abuso de heroína que en accidentes vehiculares. En Ohio, por ejemplo, las muertes por sobredosis se multiplicaron por seis entre 2006 y 2012. En todo el país, 8 mil personas murieron así en 2014, la cifra más alta desde los setenta.

La popularidad meteórica que ha adquirido la heroína en el portafolio de negocios del narco mexicano en los últimos 5 años —desplazando a la cocaína e incluso la mariguana— ya es motivo de alarma y atención en Washington. Los patrones del tráfico de drogas están cambiando. “La DEA reporta un incremento de 323 por ciento en decomisos de heroína en la frontera (con México) entre 2009 y 2013”, advirtió el Departamento de Estado en marzo pasado, en su reporte anual de Control de Narcóticos.

A nivel calle, la organización Chicago Recovery Alliance es una de las pocas que ha salido a tratar de enfrentar la epidemia de adictos y sobredosis. Todos los días, camionetas de la agrupación recorren la ciudad para repartir jeringas entre la comunidad de usuarios. La idea es evitar que puedan contagiarse de enfermedades como sida o hepatitis, o que terminen por desarrollar abscesos que les generen gangrena.
No solo eso. Desde hace un año, reparten otro medicamento: naloxona, un compuesto que en caso de emergencia puede ser utilizado para frenar una sobredosis en curso.

“Te lo inyectas y tienes una oportunidad de salvarte”, recomienda Dan Bigg, uno de los activistas que atienden a la enorme población de adictos, hombres y mujeres cuyo dinero está engrosando las cuentas del narco mexicano. “Tenemos que hacerlo nosotros. La comunidad está muy afectada y a las autoridades no les importa”.

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Aunque podrá parecer circunscrito solo a Estados Unidos, el problema es, en toda su dimensión, binacional. El alud de heroína mexicana ha dejado un largo rastro en estadísticas oficiales. Es un fenómeno que inicia en 2006 y que ha llevado a México a convertirse en una especie de granero de amapola, de acuerdo con cifras de la Sedena.
Una investigación realizada por este diario en cifras militares establece que desde 2003 han sido fumigadas o destruidas 160 mil hectáreas de amapola, el equivalente a un área geográfica del tamaño de la Ciudad de México. Es un problema particularmente agudo en Chihuahua, Sinaloa, Durango y Guerrero, estados en los que el Ejército ha detectado 45 mil plantíos desde 2009. Eso quiere decir que 20 sembradíos son descubiertos todos los días.

Tan solo en Guerrero, datos de la Secretaría de la Defensa Nacional detallan que sus 14 municipios cafetaleros ahora son los principales abastecedores de adormidera del estado y, por ende, del país. En las municipalidades productoras de café —Chilpancingo, José Joaquín Herrera, Ayutla, San Luis Acatlán, Malinaltepec, Metlatonoc, Coyuca de Benitez y Atoyac, entre otros—, el Ejército erradicó tan solo en 2011 mil 306 hectáreas de amapola. En todo Guerrero, fueron erradicadas 9 mil 44 hectáreas del opiáceo, según informó la Sedena vía la ley federal de transparencia.

Una vieja regla de pilotos erradicadores de la PGR apunta a que por cada hectárea destruida, hay otras tres más. Luego entonces, hasta 35 mil hectáreas estarán dedicadas a la producción de amapola.

Cada hectárea de amapola, según calcula la ONU, produce un promedio de 10 kilogramos de opio en las condiciones idóneas (en Afganistán puede elevarse hasta 30 kilogramos), lo que quiere decir que en un cálculo bajo, las zonas amapoleras de Guerrero están produciendo hasta 26 mil kilogramos de adormidera, eso si se descuentan las 9 mil hectáreas que fueron destruidas por los programas de erradicación.

A la vez, son necesarios 16 kilogramos de opio para elaborar uno de heroína, lo que apuntaría a que la entidad tiene el potencial de elaborar más de mil 600 kilogramos al año.

Simple economía: si cada kilogramo de heroína se vende en 31 mil dólares en Estados Unidos según información de la Oficina de Naciones Unidas para la Droga y el Delito, hoy la producción de heroína de Guerrero asciende a 49 millones 600 mil dólares, lo que la hace su producto número uno de exportación.