25 de junio de 2014 / 12:27 p.m.

Tijuana.- Miles de niños migrantes mexicanos, detenidos en Estados Unidos y deportados, tienen la fortuna de que sus padres o familiares estén cerca de la frontera, para conducirlos de nuevo a sus lugares de origen, previa estancia en albergues del Estado mexicano, o de organizaciones no gubernamentales. Ellos son los que se salvan. Los que se libran de padecer lo que otros miles de menores de edad, también expulsados de territorio estadunidense, sufren la despiadada vida errante en las ciudades fronterizas, ese monstruo de violencia, drogadicción y abandono que los engulle, hasta convertirlos en niños con sufrientes rostros adultos.

Son pequeños seres fantasmales, con ropas harapientas, calzado destrozado, cicatrices en los cuerpos, infecciones en la piel, enfermedades recurrentes, miradas divagantes, muecas torcidas en vez de sonrisas, que deambulan por las calles. Y todo, por un terco sueño: cruzar la frontera de Estados Unidos. Un sueño vuelto pesadilla cotidiana en zonas donde bandoleros abusan de ellos y criminales intentan reclutarlos.

Eduardo es uno de ellos. Un menor de edad como esos otros 11 mil 577 niños mexicanos que ha cruzado la frontera solos y que han sido detenidos por la Patrulla Fronteriza este 2014. Uno más, como esos 13 mil 188 niños y adolescentes de este país que se brincaron la barda sin compañía adulta en 2013, hasta que cayeron ante los agentes de la Border Patrol.

Eduardo, oriundo de La Paz, Baja California Sur, que solo cursó hasta segundo de secundaria, y que lleva tres años extraviado entre toques de mota, inhalaciones de thinner, y uno que otro pinchazo de heroína, es parte de lo que hoy se conoce como "emergencia humanitaria" de niños migrantes de México y Centroamérica. Y aun así, en momentos de lucidez, Eduardo, que vive a unos dos metros de altura entre cartones y colchas harapientas colocadas en un inverosímil recoveco de metal y cemento de los trabes de un paso a desnivel, tiene un sueño que pareciera que nunca alcanzará: reencontrarse con su madre en tierras gringas y ser arquitecto...

***

Charlar con niños como Eduardo no es fácil: suelen estar rodeados de indigentes mexicanos y centroamericanos que ya llevan años y años pululando ahí, en el fronterizo y seco río Tijuana, donde han levantado casas de cartones y plásticos, y donde organizaciones caritativas les acercan alimentos a los hambrientos, jeringas a los adictos, y condones a los sexualmente activos. Es un mundo hostil y resentido que en un tris se convierte en escenario de violencia. El adolescente de 17 años de pronto tiene el rostro duro, durísimo, curtido por la severa existencia fronteriza, pero súbitamente parece más pequeño, cuando juguetea con sus deditos, cuando hace muecas de tristeza.

—¿Cuántas veces te has cruzado?

—Como unas cinco, seis veces, pero no he podido. Ya perdí la desesperanza de cruzar para allá... —empieza a contar en voz queda.

—¿Ya te quedaste a vivir acá?

—Pues sí... —asiente con un puchero resignado.

—¿En el día qué haces, trabajas?

—Limpio carros y los vidrios. Limpio vidrios de los carros.

—¿Cuánto te ganas?

—Depende, porque mucha gente no quiere que se los limpie. A muchos se los limpio y no me dan nada. Como 100 pesos al día. Y luego no puedo estar mucho rato, porque llegan los policías y nos agarran y le tengo que correr porque, si me agarran, me dan 36 horas. Aparte me quitan la feria y me pegan... unos putazos —agrega en voz queda, cohibido por pronunciar la grosería ante la cámara.

—¿Y todavía sueñas con cruzarte para el otro lado?

—Sí, la verdad sí. No sueño, voy a cruzarme (sube el tono de voz que de pronto suena decidido). Voy a llegar con mi jefita también...

—¿Para juntar unos dolaritos?

—Y para llegar con mi jefita. Para llegar con mi mamá, pues.

—¿De qué quieres trabajar allá, de lo que sea, o qué sueñas?

—Sí, de lo que sea, conque agarre dinero. Pero yo, mi sueño, es que quiero ser arquitecto... —le brilla la mirada y uno se queda atónito: ¿cómo es posible que alguien tan abandonado durante tanto tiempo aún conserve momentos de ilusión, aunque sus deseos parezcan irrealizables?

—¿Estudiaste la secundaria?

Silencio.

—Hasta segundo, porque de ahí me tuve que venir para acá. Fue cuando mi abuelita me dijo que me iba a venir acá con mi mamá y yo pensé que iba a llegar aquí y me iba a ir con ella pero,la verdad, está bien difícil aquí...

—¿Está dura la vida aquí en los puentes? ¿En el río?

—Pues... La verdad sí. Aquí tiene que rascarle uno para sobrevivir, porque si no le rasca, no...

—¿No hay mucha violencia?

—No, sí, cómo no. En el día apenas se mira, pero en la noche, es otra cosa aquí...

—¿Cómo se pone?

—No, es otra cosa, aquí. Se pone gacho... —voltea a ver al rostro, como previniendo al interlocutor de que ni se le ocurra acercarse.

—¿Mucho malandro?

—La verdad sí. Y uno tiene que cuidarse. Pero aquí, aquí (en su recoveco elevado) estoy a gusto porque aquí tengo mi techo y no me da frío, y cuando llueve no me mojo... —enlista las prioridades que debe tener un menor homeless.

—¿No se envicia uno acá mucho, poquito?

—Depende de la persona, pues. Ahí ya cada quien la persona.

—¿Tu no le metes?

—Yo le fumo mota, en veces. En veces, pero no mucho, porque está canijo, no tengo a nadie aquí. Imagínese, aquí quedo (muero) y no... Pero mucha gente piensa que por la apariencia de uno... Mucha gente lo critica a uno sin conocerlo a uno... —mira con recelo, pero lo cierto es que entre sus cosas hay jeringas para picarse y latas de pintura que algunos niños de la calle suelen mezclar con solvente.

—¿Entonces, vas por tu sueño de ser arquitecto?

—Sí...Va a ver que sí... —esboza una leve sonrisa como de reto, no a quien le pregunta, si no a la vida misma.

—¿No extrañas a tu familia aquí?

—Sí, cómo no...

—¿Te pones triste?

—Sí, en veces sí me pongo a pensar (no deja de jugar con un papelito en sus manos y baja la mirada, su tono de voz desciende)... Pues sí. Pero ni modo. Yo sé que esto... Dios sabe por qué hace las cosas y yo sé que él me tiene aquí por algo (intenta explicar, encontrarle sentido a su infortunio)... Y hasta que Él me tenga mi propósito, va a pasar lo que tenga que pasar (mira a los ojos de nuevo, como en búsqueda de asentimiento, de complicidad)... Mientras, nomás tengo que estar... Tengo que estar luchando para salir adelante. No dejarme caer y Él solamente me va a decir cuando ya. Él sabrá cuando van a pasar las cosas...

A unos cuantos metros, en un túnel peatonal, yacen sentados miembros de un grupo de centroamericanos adultos. No hacen nada. Esperan que una secta religiosa llegue para darles de comer y entonces avanzan todos, aunque tengan que soportar las interminables peroratas místicas.

—¿Pero lo vas a intentar, volver a cruzar?

—Sí, pus sí. Lo tengo que hacer. Estoy esperando nomás que haya neblina para cruzar. Es que no tienes que hacer planes. Es en cuanto así, ¡fum!, irte así y así, como va. Yo he mirado que mucha gente ha podido cruzar y pues yo también. Yo también puedo...

Ya se queda ahí Eduardo, con Silvestre, su gato negro, y su vida rota de solitario niño fronterizo...

MILENIO DIGITAL / JUAN PABLO BECERRA-ACOSTA M.