milenio digital
27 de diciembre de 2016 / 08:59 a.m.

McAllen.- Apoco menos de un mes de que Donald Trump asuma como presidente de Estados Unidos, el flujo de los migrantes en la frontera de Reynosa con McAllen no ha disminuido.

El discurso racista y xenófobo del próximo jefe de la Casa Blanca no ha minado los sueños de miles de centroamericanos que, tras haber cruzado México, llegan hasta McAllen, Texas, en busca de asilo.

Huyen de la violencia en sus países, principalmente de El Salvador, Guatemala y Honduras. Según las autoridades, los mexicanos ya no buscan cruzar por esta zona, en realidad esta frontera se ha convertido en el camino para los centroamericanos que buscan a algún familiar asentado en Estados Unidos.

Mujeres, niños, hombres, incluso familias completas llegan todos los días a McAllen para entregarse a la patrulla fronteriza, conseguir un permiso de las autoridades de migración para internarse en el país y buscar a sus familiares mientras siguen el proceso legal para aspirar al asilo.

El albergue de las Caridades Católicas, ubicado en McAllen a unos metros de la línea divisoria, recibe todos los días hasta 400 migrantes centroamericanos. Es un salón dentro de la Parroquia del Sagrado Corazón donde los viajeros pueden descansar por unas horas, tomar un baño, disfrutar comida caliente y recibir orientación sobre cómo seguir su viaje, pero sobre todo recibir aliento.

Desde hace dos años comenzó a registrarse una oleada mayor de migrantes centroamericanos en esta ciudad fronteriza, lo más preocupante eran las mujeres y los menores no acompañados, explicó Norma Pimentel, directora de Caridades Católicas en el Valle de Río Grande. Pese a las amenazas de Trump, el flujo de personas no ha disminuido.

La religiosa encabeza el equipo de voluntarios, entre hermanas y laicos, que atienden todos los días a una población vulnerable en busca de una mejor vida.

A lo largo día, la patrulla fronteriza deja a cientos de migrantes centroamericanos en la terminal de autobuses de McAllen, a unos 500 metros del albergue de la hermana Pimentel. Ahí, las religiosas los guían para llegar hasta el albergue donde los orientarán y les brindarán consuelo.

delincuencia organizada y el camino en méxico

En medio del gran salón parroquial, Felipa de 28 años espera junto con su hijo de 8 un sobre con el dinero que su tío le envió para que pueda viajar hasta Boston.

Hace una semana salió de Guatemala por miedo a las extorsiones y las pandillas. Sin mucho dinero, pero con las ganas de llegar a Estados Unidos, huyó de su país porque ahí ya no había más futuro.

"Mi hijo está creciendo y ellos (pandilleros) andan buscando a los jovencitos para reclutarlos, y si no aceptan pueden hacerle cualquier cosa a la familia. Además, allá no hay trabajo, yo quiero que mi hijo tenga una mejor vida", relató la mujer morena y de estatura baja.

Pero cuando cruzó México sintió el temor más grande. Relató que estuvo expuesta a los secuestradores, a Los Zetas y demás grupos que amenazaban con interrumpir su camino. Por momentos se arrepintió, sobre todo cuando pasó cuatro días sin comer y durmiendo entre contenedores y bajo puentes.

"Agradezco a Dios que estamos aquí, pero no lo volvería a hacer. Pensé lo peor para mi hijo, pero mi esperanza era llegar a este país", expuso.

En el salón hay por lo menos una docena de islas de ropa de todas las tallas, cajones con zapatos y enseres de limpieza. Los voluntarios reciben con un cálido "Bienvenidos viajeros" a los migrantes que llegan desorientados y cansados. Es un respiro en medio del viaje.

Aquí sucede una crisis humanitaria que el gobierno de Estados Unidos se niega a atender. Hace más de un año, el alcalde McAllen, Jim Darling, solicitó apoyo al gobierno federal de aquella nación, pero solo recibió unos cuantos dólares, por lo que el funcionamiento del lugar es posible a las donaciones y el voluntariado.

"Asumimos una función que Washington no estaba dando. Al atenderlos también cumplimos con una misión humanitaria, pero también un favor al resto de Texas y otras partes de Estados Unidos porque de lo contrario, sin atención, esa gente continuaría su camino en malas condiciones de salud, lo que podría provocar otros problemas a este país", explicó Darling.

El político, un veterano de Vietnam, está convencido de que el problema no es la migración, sino que la patrulla fronteriza ocupe mucho tiempo en retener a las personas que buscan asilo, en lugar de enfocarse a los criminales o el trasiego de droga.

Tampoco cree que la solución sea un muro fronterizo más grande y más vigilado, sino que cada autoridad migratoria cumpla con su labor.

Sobre las amenazas que ha lanzado Trump a la población migrante, solo espera que tenga una cabeza más fría e informada para gobernar.

"Muchos dicen cosas para llegar al poder, pudo haber sido así en el caso de Trump. Confío en que será una persona inteligente y
que podremos crear más puentes que muros", finalizó.