MILENIO DIGITAL
8 de febrero de 2017 / 11:23 a.m.

MÉXICO.- Ramón Barajas llegó a Estados Unidos hace 26 años. Ayer regresó repatriado a México luego de ser detenido hace un mes en Denver, Colorado, al intentar obtener su licencia de manejo.

—¿Fuiste detenido bajo la administración de Barack Obama?

—Sí, y le doy gracias a Dios que sí, porque si me hubieran detenido ahora a lo mejor me hubieran dado más tiempo de castigo, porque estuve viviendo ahí después de estar deportado y parece que ahora la cosa se va a poner más difícil. Te pueden castigar con unos años de cárcel”, aseguró.

El jalisciense es un hombre bajo, delgado, y forma parte de un grupo de 135 mexicanos deportados de Texas que fueron recibidos en el aeropuerto por el presidente Enrique Peña Nieto, deja en aquel país a su esposa y cuatro hijos, todos con la ciudadanía estadunidense, que ahora “vivirán de lo que ellos trabajen”.

Mochila al hombro y vistiendo playera negra que acentúa su delgadez, dijo que no planea intentar regresar a EU. “Prefiero estar aquí libre, que preso allá”.

Peña, explicó, les ofreció ayuda a través del programa Somos Mexicanos, para emprender negocios en sus localidades.

“Lo único que le pregunté a él y al secretario de Gobernación es qué garantías nos daban si regresamos y queremos empezar a trabajar o emprender algún negocio, qué garantía nos van a dar de que ese negocio va a prosperar y no va a llegar la delincuencia a cobrar cuota y nos van a quitar otra vez, porque muchos por eso nos vamos”, dijo.

La Secretaría del Trabajo del Gobierno de la Ciudad de México dispuso, como lo hace en cada llegada de repatriados, personal para ofrecer a quienes llegan y pretenden quedarse en la ciudad distintas opciones de empleo y capacitación.

Esta vez solo pudieron entregar un par de folletos con información, pues la mayoría de los repatriados fue conducida a camiones para ser llevados a las terminales de autobuses y que continuaran su camino de regreso a casa.

Otro grupo de alrededor de 20 personas fue conducido hasta un elevador del aeropuerto. Nadie quiso hablar, tapaban su rostro con las manos o con las gastadas gorras que portaban, muchas de ellas de equipos deportivos estadunidenses.