ALMA PAOLA WONG | MILENIO
29 de septiembre de 2016 / 12:11 p.m.

MÉXICO.- Desde hace dos años, cuando una bala al parecer calibre 223 disparada por policías municipales o por delincuentes le traspasó la cabeza dejándolo en coma, con lesiones en más de 65 por ciento de su cerebro, Aldo Gutiérrez Solano no ha estado ni un día solo.

La unión de la familia es tan fuerte que día y noche siempre ha habido un pariente, especialmente sus hermanos, que cuidan su sueño y su vigilia. Pero las distancias y el cuidado permanente comienzan a hacer estragos en el clan.

Tras recibir el disparo en la noche del 26 de septiembre de 2014 en Iguala, Guerrero, el normalista de entonces 19 años fue atendido en el Hospital General de este municipio; 18 días después fue trasladado al Instituto Nacional de Neurología y Neurocirugía, en la Ciudad de México, donde permaneció un año y medio.

Ahora, desde abril pasado sus tratamientos transcurren en el Instituto Nacional de Rehabilitación (INR), localizado en la calzada Xochimilco.

Para la familia de Aldo su atención significa viajar cada semana casi siete horas desde Tutepec, localidad del municipio de Ayutla de los Libres hasta el sur de la capital del país.

“Es un dolor la búsqueda de estos muchachos (los 43 normalistas desaparecidos), pero lo nuestro es diferente, porque nuestro chamaco desde que sufrió el ataque hemos estado ahí, no hemos podido dejar de vigilarlo, su situación es muy delicada.

“Tenemos miedo de todo, que se pueda ahogar estando ahí o que le pueda ocurrir otra cosa, o al no aparecer sus compañeros, como él está vivo, pues pueda despertar y lo quieran buscar por eso, todo es un peligro para él”, lamenta Leonel Gutiérrez, su padre.

Aldo es el décimo de 14 hermanos. Ocho de ellos son los que más participan en el rol de guardias para su cuidado.

Desde esa noche fatídica, la vida de la familia se transformó por completo, en especial para los hermanos que tuvieron que abandonar sus empleos y buscar un sostenimiento que les permitiera faltar por semanas.

Aunque los gastos corren a cargo de la Comisión Ejecutiva de Atención a Víctimas (CEAV), la familia asegura que no es suficiente.

“Sí nos dan un apoyo, pero todos tenemos familia y para venir a cuidar a mi hermano dejamos de trabajar y para sostener a la familia pues hay que dejarles dinero, y aquí tampoco podemos venir con las manos vacías. Aquí pasamos una semana cuidándolo y cuando regresamos hay que llegar a trabajar”, relata su hermano Leonel Gutiérrez, quien trabaja como taxista en Tutepec.

Mientras en su casa todo son recuerdos. Sus padres participan regularmente en las movilizaciones junto con los demás padres de los 43 normalistas desaparecidos, pero las desveladas, malpasadas y los viajes comienzan a repercutir en su salud.

“Con lo de mi chamaco se me complicó la diabetes, el dolor de cadera y huesos no me deja, pero hacemos todo lo posible por estar ahí para pedir justicia por mi hijo” expone su madre Gloria Solano.

En el patio de su casa, un pequeño pizarrón expone el rol de guardias que deberán cumplir los hermanos hasta noviembre.

“Ya saben que esa semana no deben hacer compromisos, porque esa semana es para mi hermano”, expone su hermana Glorilú Gutiérrez.

En el pequeño cuarto con techo de madera, de su casa en Tutepec, ahí mismo donde hace un par de años Aldo se mecía en la hamaca por las tardes, Glorilú prepara una lista de cumbias del grupo Sabroso y Caliente, que le llevará a su hermano en su próxima visita.

“Cuando llego, le digo: mi nene, te traje tu música. Yo estoy pendiente de sus terapias, le dan tres tipos: una para los pulmones, para que pase las flemas; la física para mover sus pies; en la ocupacional le pasan texturas, colores y olores; y la del lenguaje, para mover su lengua”, explica Glorilú.

Con el apoyo de la CEAV los familiares rentan un pequeño cuarto frente al Instituto de Neurología, donde pueden descansar un rato. Su deseo es que pronto puedan trasladar a Aldo a su hogar en Tutepec, pues confían en que la cercanía con su familia le ayude más en su recuperación.

Pero su exigencia más fuerte sigue siendo el castigo a los responsables.

“Que esa persona que le disparó sea castigada como debe de ser, no se vale que en segundos le cambió la vida a mi hermano y a la familia más que nada porque pues todos estamos sufriendo, todos estamos colaborando con este problema, que sí nos duele mucho verlo sufrir”, concluye su hermano Leonel.