NOTIMEX
7 de agosto de 2016 / 02:31 p.m.

DELICIAS.- Antonio Bustillos es un niño indígena de 10 años y se desempeña como intérprete-traductor del español al rarámuri frente a sus 30 compañeros de grupo en la comunidad de La Merced, a donde llegó junto con sus padres y hermanos a la cosecha de hile jalapeño y cebolla en mayo pasado.

Antonio
expresa a su líder educativa, Mónica Elías Medrano, que quiere aprender a sumar, restar, leer y escribir, pues desea contar correctamente cuando reciba la paga del “patrón”, lo que su papá no sabe.

Es uno de los 230 niños indígenas que son atendidos por el Consejo Nacional de Fomento Educativo (Conafe) en comunidades de los municipios de Delicias y Saucillo, como parte del programa educativo para hijos de jornaleros agrícolas.

Antonio se ha acercado a nosotros, proviene de la comunidad tarahumara de Balleza y en la actualidad cursa el tercero de primaria en el sistema multigrado, nos apoya para desarrollar las actividades planteadas por el capacitador y les explica a sus compañeros”, afirmó Elías Moreno en entrevista telefónica con Notimex.

Mónica tiene tres años en el programa y actualmente está terminando su licenciatura, por lo que recibe una ayuda mensual para transporte, alojamiento y comida en Delicias.

Elías Medrano afirmó que en ese tiempo ha observado que los niños regresan con sus familias a la cosecha, de mayo a octubre, cuando se desarrolla el ciclo escolar para hijos de los jornaleros migrantes.

Al terminar, se entrega una constancia de estudios, tanto de preescolar como de primaria, pues los niños que acuden a las clases son de entre 3 y 15 años, aunque en ocasiones los mayores deben trabajar junto a sus padres.

En La Merced, la mayoría de los trabajadores provienen de la sierra Tarahumara. Los niños toman clase en el rancho donde van a cosechar y pernoctan en refugios dentro de la propiedad, allí el dueño del lugar proporciona un salón para tomar las clases.

Mónica s
eñaló que en la mayoría de las comunidades las clases se imparten en la propiedad donde los jornaleros migrantes realizan la cosecha y en el mismo terreno tienen lugares adaptados para dormir, pero en algunos casos el capacitador debe ir por los niños, llevarlos a un salón comunitario y regresarlos al final de la clase.

“Los menores tienen algunas carencias en cuanto a la alimentación, la mayoría no sabe hablar español, por lo que el proceso de enseñanza-aprendizaje se lleva por medio de un nuevo modelo educativo basado en el diálogo”, indicó.

Manifestó que los líderes y capacitadores buscan apoyo de las autoridades municipales y a veces de su bolsillo llevan a los menores desayunos y refrigerios con fruta, burritos, leche y pan, para complementar la alimentación de los niños, que en casa consta de sopa y frijoles, básicamente.

Las comunidades del sector Delicias y Saucillo de la Conafe comprenden La Merced, Tierra y Libertad, Lotes Urbanos, Kilómetro 92 y Campesina, entre otras, donde acuden niños indígenas de Oaxaca, Puebla, Guerrero y la sierra Tarahumara, principalmente, quienes hablan las lenguas rarámuri, mixteca, zapoteca y náhuatl.

La mayoría son bilingües y los más adelantados en el aspecto escolar son los menores provenientes de Guerrero, que saben leer y escribir, en tanto quienes provienen de la sierra Tarahumara son analfabetas y en su mayoría no hablan español, dijo la especialista en educación, por lo que el aprendizaje “debe comenzar de cero”.

Elías Medrano
manifestó que con este modelo escolar se integran tres grupos para preescolar, de acuerdo con la edad y los conocimientos, y de la misma manera hay tres niveles para primaria, donde estudian niños de 3 a 15 años.

Por medio del diálogo se presenta, por ejemplo, lo que se cosecha en el estado y se pregunta a los alumnos qué se siembra en el lugar de donde proceden, con lo que se establece una plática, que sirve para evaluar sus habilidades y conocimientos, dijo.

Expuso que las clases son de 8:00 a 12:30 horas para preescolar y de 8:00 a 13:00 para primaria, de lunes a viernes y un día a la semana se dedica a compartir actividades artísticas, culturales y deportivas, como la práctica de la danza y la música.

La pedagoga ha percibido una mayor sensibilidad entre los padres de familia, que ahora permiten a sus hijos acudir a las clases, luego de una campaña para generar consciencia de los beneficios de este programa.

“Ahora se preocupan porque aprendan y acuden a las reuniones, anteriormente rechazaban las clases, con el argumento de que iban allí a trabajar, todos los miembros de la familia”, indicó.

Al finalizar el ciclo escolar, en octubre, los menores reciben una constancia de asistencia y conclusión del curso, que les sirve para inscribirse en un plantel similar, en Sinaloa y otros estados, a donde se dirigen a cosechar de noviembre a marzo, manifestó.

Descartó el modelo tradicional de enseñanza-aprendizaje con estos grupos de niños migrantes, en el que se sientan a escuchar al maestro y copiar del pizarrón.

“No trabajamos con lo tradicional, sino con los niños mediante el diálogo, es un proceso más personalizado y se aprende en muchas ocasiones mediante el juego, se registra lo que el niño aprende y lo que enseñó a su vez al capacitador”, señaló.

La líder educativa enfatizó que esta es la mejor experiencia de su vida. “Me ha dado la oportunidad de convivir con niños que llevan a la clase una variada riqueza cultural”, enfatizó.

Además de este modelo de Conafe, en Chihuahua niños y jóvenes reciben educación, como parte del Programa de Atención a la Niñez Migrante de los Servicios Educativos del Estado de Chihuahua (SEECH), con el objetivo de que las actividades de sus padres no interfieran en sus estudios.

En el actual Ciclo Escolar Agrícola 2016 están registrados en el nivel básico mil 200 niños y jóvenes de familias jornaleras migrantes, atendidos por 40 docentes en 27 centros escolares en Nuevo Casas Grandes, Cuauhtémoc y Delicias.