4 de febrero de 2013 / 03:28 p.m.

Reino Unido.- Han pasado dos años desde el inicio de los levantamientos árabes, y esos primeros días de euforia parecen algo del pasado distante. Desde entonces, hemos visto el levantamiento de las fuerzas políticas islamistas que muchos temen recurrirán a la religión para amenazar los derechos de las mujeres, las minorías y los disidentes. Las fuerzas de seguridad continúan extralimitándose, como en la respuesta de Egipto a los disturbios recientes. Resulta que, por muy difícil que resulte terminar con un gobierno abusivo, tal vez sea aún más complicado construir, sobre un legado de represión, una democracia que respete los derechos.

Tal vez el mayor peligro sea la arrogancia mayoritaria. No es una sorpresa que los triunfadores de la revolución, reprimidos por mucho tiempo por el antiguo régimen, no quieran saber nada de limitaciones nuevas una vez que han alcanzado el poder. Pero una democracia respetuosa de los derechos no es lo mismo que un gobierno mayoritario sin límites. Por frustrante que parezca, las preferencias de la mayoría deben contenerse con el respeto a los derechos de los individuos y el gobierno de la ley. Sin embargo, la constitución nueva de Egipto, por ejemplo, está llena de fisuras que pueden ser interpretadas como un peligro para los derechos básicos.

Los derechos de la mujer han sido una fuente particular de contención. En toda la región, algunos argumentan que son una imposición occidental, contraria al Islam o a la cultura árabe. Sin embargo, la ley internacional de derechos humanos no impide que las mujeres lleven un estilo de vida islámico o conservador si lo hacen voluntariamente. Calificar como imposición occidental a los derechos de la mujer no oculta la opresión doméstica involucrada cuando éstas son obligadas a asumir un papel servil.

Los nuevos gobiernos también han sido tentados a suprimir todo el discurso que critique al gobierno, insulte a ciertos grupos, u ofenda al sentimiento religioso. En Egipto un juez investigador ha emplazado a 16 periodistas y presentadores de tv, a tres activistas políticos y a un abogado de derechos humanos por cuestionar cargos de “insultar al poder judicial”. Se necesita un poder judicial fuerte e independiente con un respeto sano por la libertad de palabra para contrarrestar estas tentaciones.

A pesar de los peligros reales del mayoritarismo sin control, aquellos que añoran los días de dictadura deben recordar que las inseguridades de la libertad no son razón para regresar a lo previsible del gobierno autoritario. Algunos argumentan que no se puede confiar en que los islamistas, una vez que tengan el poder, lo cedan. Pero hace dos décadas, cuando los militares de Argelia actuaron con esa idea para detener las elecciones que ganarían los islamistas, el resultado no fue la democracia, sino una década de guerra civil, con masivas pérdidas de vidas.

Aquellos que le dan la espalda a la democracia subestiman la combinación potente de protesta doméstica y presión internacional contra cualquier nuevo intento por monopolizar el poder. Está mal argumentar que la prognosis para un gobierno electo del partido islamista es tan oscuro que garantiza un regreso al pasado.

Los retos que enfrentan los nuevos gobiernos de la región señalan la importancia de planear para el futuro en Siria. Hoy, la prioridad debe ser poner fin a la matanza que, de acuerdo a la ONU, ya ha costado 6 mil vidas, la mayoría a manos del presidente Bashar al Asad.

Pero es muy pronto para intentar influir sobre un gobierno sucesor, para asegurar que respeten los derechos. La comunidad internacional debería comenzar por presionar a los grupos de oposición sirios para que respeten los derechos desde ahora. Y apoyar activamente la participación del Tribunal Criminal Internacional en Siria (EU ha sido renuente), precisamente porque se debería aplicar por igual a los abusos del gobierno y la oposición.

La comunidad internacional puede ayudar a lograr resultados positivos respecto a los derechos en la región, fijándose también en su conducta. Debería tener principios en su apoyo a la democracia, acabando con los mensajes dobles que ignoran la represión en sitios tales como Bahrein o Arabia Saudí.

Debería insistir en la justicia donde sea que ocurran atrocidades masivas, a diferencia de su aparente despreocupación en Libia una vez que cayó Muamar Gadafi, el acuerdo de impunidad que aceptó para el ex presidente de Yemen, Ali Abdullah Saleh, y la presión de algunos gobiernos occidentales para que Palestina no se uniera al Tribunal Criminal Internacional por miedo a que éste fuese llamado a tratar con los presuntos crímenes de guerra israelíes.

Tal vez lo más importante, los gobiernos deberían respetar los derechos ellos mismos, dado que es difícil predicar lo que no se practica. EU sigue incapacitado para presionar a fin de presentar a los torturadores ante la justicia, porque el presidente Obama se niega a que investiguen a los oficiales de Bush implicados en la tortura. De la misma manera, el Reino Unido se ha negado a investigar adecuadamente su papel en el envío de dos sospechosos a la Libia de Gadafi, donde fueron torturados.

El futuro de la primavera árabe depende, más que nada, de los pueblos de la región. Pero ahora, las respuestas y acciones del resto del mundo contribuirán al resultado. Todos tenemos la responsabilidad de producir un resultado positivo de esta extraordinaria oportunidad.

LA ALDEA POR KENNETH ROTH/THE GUARDIAN