14 de junio de 2013 / 02:06 p.m.

 

Hasta hace unos días, nadie se interesaba realmente en el gigantesco complejo industrial que sobresale ampliamente cerca del pueblo de Bluffdale (Utah), más conocido por su secta de mormones polígamos que por su centro de recepción de datos informáticos.

Pero desde que Edward Snowden reveló la dimensión de las intrusiones en las comunicaciones personales, los ojos de Estados Unidos se han vuelto hacia ese paisaje montañoso donde la National Security Agency (NSA, Agencia Nacional de Seguridad) debe inaugurar, en septiembre, el mayor centro de intercepción de las comunicaciones del país y tal vez del mundo. Un centro cuya historia, que casi ha pasado desapercibida, ofrece un resumen sobrecogedor de la opacidad de la administración estadunidense en la materia.

El centro de esta ciudad del espionaje, cuyo costo está estimado en dos mil millones de dólares, está constituido por un inmenso vestíbulo que albergará baterías de servidores alimentadas por una planta eléctrica integrada de 65 megawatts (a un costo estimado de 40 millones de dólares por año) y refrescada por otra planta especialmente diseñada.

El conjunto, altamente protegido (las instalaciones para el control de las visitas tendrán un costo adicional de 10 millones de dólares) se extiende sobre la antigua explanada de aviación de Camp Williams, un vasto terreno de entrenamiento de la Guardia Nacional. Al igual que esta última, la Agencia Nacional de Seguridad depende del Ministerio de Defensa.

Inútil pretender una descripción de las enormes instalaciones en el sitio de internet oficial de la agencia. Pero la prestigiosa revista Wired descorrió el velo en 2012 al precisar la función de ese centro ultraseguro y secreto: interceptar, descifrar, analizar y guardar inmensas cantidades de comunicaciones del mundo entero. En sus bases de datos de capacidades colosales (las cuales son medidas en yottabits, que equivalen cada uno a 1024 bits o 5 x 1020 páginas de texto) serán almacenados y analizados tanto los correos privados y las comunicaciones telefónicas como las búsquedas en Google, los itinerarios emprendidos, las compras y otros rastros numéricos dejados en el mundo entero por millones de personas cada día en sus comunicaciones o movimientos habituales.

A la vez, un responsable de la inteligencia citado por Wired afirmó que la joya de Agencia Nacional de Seguridad deberá sobre todo sobresalir en el arte crucial de la decodificación gracias a su capacidad y, por ende, a su capacidad de cálculo decisiva para “cazar” los códigos y sortear la decodificación de las comunicaciones.

Dotado de un presupuesto generosamente abultado por el Congreso, sobre todo después de los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001, la NSA dedicaría a esas enormes orejas de la Utah los dos mil millones de dólares ya mencionados, dedicados solo a las infraestructuras, a los cuales se añadirá una suma equivalente para las máquinas, los programas y su mantenimiento.

Llamado eufemísticamente “Centro de datos de Utah”, el complejo de Bluffdale confirma a la Agencia Nacional de Seguridad, según Wired, como “la más grande, la más secreta y la más potencialmente intrusiva de las agencias de información jamás conocidas”.

El misterio sobre la manera en que el centro fue concebido y construido, y sobre sus futuras funciones operacionales justifica ampliamente esa broma según la cual el acrónimo de la NSA sería Never Say Anything (“Nunca digas nunca”).

Irónicamente, uno de los sitios que provee las fotos y los planos más detallados del “gran centro de datos” en construcción en Utah es una parodia.

LLamado “Dirección de vigilancia interior” —una administración ficticia cercana al Big Brother de George Orwell y cuya divisa es “Si no tiene nada que ocultar, no tiene nada que temer”— pretende sensibilizar a los ciudadanos de lo que está en juego respecto de las libertades públicas.

— PHILIPPE BERNARD-LE MONDE