5 de marzo de 2013 / 02:21 p.m.

Más de 11 millones de chinos se presentaron al examen de entrada a la universidad —elgaokao— en 1977. Fue la primera prueba objetiva de acceso luego de la parálisis de la enseñanza bajo la Revolución Cultural y la más difícil de la historia. Solo 4 por ciento de los aspirantes pasaron el corte. Uno de ellos era Li Keqiang, un muchacho de 21 años de la provincia de Anhui que, tras seguir la llamada de Mao a los jóvenes para aprender de los campesinos, llevaba cuatro años viviendo en una de las comunas agrarias más míseras del país. En las próximas dos semanas, salvo sorpresa de última hora, ese hombre comparecerá ante los chinos y el mundo como el sucesor de Wen Jiabao al frente del gobierno de la segunda economía del planeta.

Las credenciales de Li Keqiang (57 años) son difícilmente superables para la decisiva tarea que le espera como primer ministro. Alumno brillante y gestor prudente, Li se licenció en derecho y se doctoró en economía en la Universidad de Pekín, uno de los centros de élite de la nación. Es, además, un administrador curtido que ha deambulado por los niveles más bajos de gobierno y que ha labrado su futuro ascendiendo lentamente en la jerarquía del Partido Comunista (PCCh).

Su caso no es único. El hombre más importante de la quinta generación de líderes, Xi Jinping, se licenció en química y tiene un doctorado en derecho. El secretario general del PCCh y futuro sucesor de Hu Jintao como presidente, sufrió en carne propia, de joven, las campañas ideológicas del maoísmo, cuando su padre —alto cargo del partido— fue purgado  y él enviado al campo a trabajar la tierra.

Ambos son buenos ejemplos del nuevo liderazgo chino. Es gente con un currículo brillante, mucho más diverso que en épocas precedentes. Y es gente que ha sufrido, superando traumas que habrían abatido a muchos otros.

Son ellos quienes dirigirán el rumbo de la nación más poblada del planeta. Desde hoy, la Asamblea Popular (congreso) convocará en Pekín a los casi tres mil delegados que van a “elegir” al presidente, al primer ministro y decenas de otros cargos.

En realidad, el poder del parlamento es mínimo; se limita a ratificar los nombramientos ya decididos por el PCCh. Pero la Asamblea sirve para comunicar las prioridades políticas del liderazgo, como un evento de relaciones públicas.

En paralelo, se celebra la Conferencia Consultiva Política del Pueblo Chino, que empezó el domingo. Se trata de un cónclave menos formal de unos dos mil delegados variopintos cuyo poder es nulo; solo sirve para hacer propuestas no vinculantes. Aun así, la fama de algunos de los participantes —este año acuden el premio nobel de literatura Mo Yan y el actor de artes marciales Jacky Chan, entre otros— suele despertar el interés de la ciudadanía.

Xi y Li asumirán el mando en una década decisiva, que marcará para siempre el futuro del antiguo imperio asiática y del resto del mundo. China tiene la oportunidad de convertirse en la gran potencia del siglo XXI. Para ello deberá resolver graves problemas en el ámbito económico, político y social.

El reto de Pekín del nuevo liderazgo es tratar de contentar a estos dos grupos mientras se estimula la economía con una nueva ronda de liberalización, evitar enfangarse en un conflicto militar con los países vecinos (Japón) y contener las aspiraciones nacionales de las minorías étnicas como los tibetanos y los uigures. Una tarea a la altura del currículo de Xi.

— DIEGO TORRES