26 de junio de 2013 / 08:16 p.m.

Washington • Un día como hoy, el 26 de junio de 1990, Nelson Mandela, quien ahora yace en estado crítico en un hospital de Pretoria, encendió el optimismo en el Congreso de Estados Unidos y se ganó por mérito propio un sitial entre iconos como Martin L. King y Malcom X.

El presidente de EU, Barack Obama, que considera al líder sudafricano "un héroe", no podrá visitarlo durante la gira que acaba de emprender por África, pero el recuerdo de Mandela y su legado sigue muy vivo en EU.

A menos de un año y medio de su excarcelación de 27 años, el entonces caudillo del Congreso Nacional Africano se embarcó en 1990 en una gira mundial que incluyó encuentros con la primera ministra británica Margaret Thatcher, el presidente de Estados Unidos, George W. Bush, y un discurso ante ambas cámaras del Congreso estadunidense.

La gira por ocho ciudades de Estados Unidos obtuvo resultados sustanciales para la liquidación del apartheid en Sudáfrica.

De pronto, el hombre que había sido sólo el nombre sin imagen de un prisionero por más de un cuarto de siglo se convirtió en persona visible, con un discurso cuidadosamente balanceado entre la búsqueda de conciliación racial e intransigencia ante el régimen racista sudafricano.

En cada una de sus escalas en EU. la gira triunfal de Mandela atrajo multitudes tanto de negros como de blancos, algo que Estados Unidos no tendría por razones propias hasta la campaña electoral de Barack Obama en 2008.

La visita tuvo un éxito tremendo y en particular el discurso de 54 minutos el 26 de junio ante una sesión conjunta de ambas cámaras del Congreso, donde Mandela abogó por que se mantuvieran las sanciones internacionales contra el régimen racista de Pretoria.

La alocución de Mandela realzó la credibilidad del CNA -e incrementó su recolección de fondos- al tiempo que fortaleció la posición del mismo Mandela frente al entonces presidente Frederik Willem de Klerk.

Mandela exhibió la retórica casi marxista que le había etiquetado como sospechoso entre los conservadores estadunidenses y se refirió a la nacionalización de empresas y la redistribución de la riqueza en Sudáfrica.

Al mismo tiempo, en sus reuniones privadas con legisladores, funcionarios del gobierno y empresarios, moderó sus posiciones y dio garantías a los inversionistas extranjeros.

En un patrón que se repetiría a lo largo de las décadas siguientes, Mandela se aseguró un sitio perdurable en los corazones y las mentes de los estadunidenses y sus medios de prensa, al tiempo que escandalizó a algunos sectores con sus declaraciones de amistad por Fidel Castro, Yaser Arafat y Muamar Gadafi.

El mismo Mandela que, cuando el Gobierno de Bush preparaba la invasión de Iraq en 2003, calificó a Estados Unidos como "una amenaza para la paz mundial".

La atención pública estadunidense hacia Sudáfrica en general, y hacia Mandela en particular, había recibido un gran aliento apenas cuatro años antes cuando Paul Simon lanzó su álbum "Graceland", que incorporó música y músicos sudafricanos en los albores de la llamada "world music".

Simon fue criticado por muchos activistas anti apartheid, ya que el trabajo con músicos sudafricanos violaba las estipulaciones de los embargos más estrictos contra el régimen blanco.

La frase "estos son tiempos de milagros y maravillas", en la canción "The Boy in the Bubble" que acompañó buena parte de las presentaciones de Mandela en Estados Unidos, reanimó al movimiento por los derechos civiles estadunidense.

En el imaginario popular de los negros y muchos que no lo son en Estados Unidos, la figura de Mandela puebla camisetas, afiches, murales y aun iglesias junto a las efigies del líder de los derechos civiles Martin L. King, el revolucionario asesinado Malcom X, y el profeta de ganja, Bob Marley.

EFE