25 de junio de 2013 / 01:51 p.m.

Tres magistradas, Carmen D’Elia, Orsola De Cristofaro y Giulia Turri condenaron ayer a Silvio Berlusconi a siete años de prisión y a la prohibición en vida del ejercicio de cargos públicos, en el proceso conocido como Rubygate, en el cual fue acusado, desde abril de 2011, de abuso de poder y prostitución de menores. Las juezas recargaron la pena reclamada por la procuradora Ilda Boccassini, de un año suplementario.

Aun cuando no se haya acabado ayer, la trayectoria política de Silvio Berlusconi, condenado de previo la semana pasada a cinco años de prisión por fraude fiscal, sufrió un golpe de nuevo tipo. Hasta ahora, él había conocido muchas condenas sin que ninguna de ellas fueran definitivas: la prescripción de los delitos, su despenalización, lo habían salvado hasta ahora de una sentencia definitiva y la complejidad de los hechos (corrupción, fraude fiscal) le evitaron un juicio político demasiado severo de parte de los italianos. Su poderío mediático le permitió además presentarse como un “Caballero blanco injustamente acusado por jueces rojos” y convencer a una parte de la población de que él era inocente.

Pero el caso Ruby es de otra naturaleza. Aun cuando en razón de su edad (76 años) y de sus posibilidades de apelación sea poco probable que Berlusconi vaya un día a prisión, el asunto es infamante. Y esto es tal vez lo peor para él. El caso Ruby es simple, claro como el agua que sale de un peñasco. Aquí no hay cuentas off-shore, circuitos financieros complejos, dinero que pasa de mano en mano. Todo ocurre en directo entre “productor” y “consumidor”.

Una joven menor de edad en el momento de los hechos, Karima el Mahroug, entra en la intimidad del hombre más poderoso de Italia, gracias a los amigos de este último. Ella pasará muchas noches en su residencia de Arcore, en Lombardía, teatro de las noches ardientes del Bunga Bunga donde se presentan decenas de edecanes, debidamente remuneradas. Todas disponen de un “salario” y de un departamento en via Olgettina, en Milán.

Pero Karima sueña más alto. Esta joven marroquí, crecida en Sicilia es una amenaza. Cuando es detenida por “robo” en mayo de 2010, Silvio Berlusconi busca por todos los medios, incluidas las presiones, sacarla de la comisaría de Milán para confiarla a una consejera regional —más que a una comunidad de acogida para menores en problemas—, que a su vez envía a la joven con una prostituta... “Es la sobrina del presidente egipcio Hosni Moubarak —dijo Berlusconi—, quiero evitar un incidente diplomático”. En realidad, él duda que la chica hable demasiado.

Pero Ruby sabe qué provecho puede sacarle a su juventud. Su silencio vale mucho dinero, mucho más que un departamento en via Olgettina y un salario de tres mil euros mensuales por los servicios prestados, como sus colegas. Esta última confiesa que Berlusconi, conmovido por su historia edificante, le donó 50 mil euros para abrir una estética. Los investigadores hablan de cuatro millones de euros. El tribunal demanda la confiscación de sus bienes ya incautados en ese momento.

Pero la decisión de las magistradas ha hecho volar en pedazos la fábula. Berlusconi, de “Jean Valjean” ocupándose de las huérfanas. Karima, de “Cosette”, con 17 años, pero que aparenta 25, queriendo escapar de su pobre condición. Para las juezas, el ex ministro italiano no es el “mujeriego”, “el latin lover” que siempre se vanaglorió de ser y ante el cual era imposible no sucumbir. Ellas han remitido el affaire Ruby a su justa dimensión. Tristemente venal...

— POR PHILIPPE RIDET