17 de febrero de 2013 / 02:58 p.m.

Washington  • Ser primera dama en EU es “el trabajo no pagado más duro del mundo”, sentenció en una ocasión la esposa del ex presidente Richard Nixon, una opinión que parecen compartir muchas de las 41 mujeres que han ocupado “el cargo”.

La pionera de las primeras damas, Martha Washington, escribió ya en el siglo XVIII numerosas cartas en las que compartía no sólo la parte más agradable del trabajo, sino también la más difícil de sobrellevar.

“Creo que George ya le ha dado mucho a la nación como para volver a la vida pública... nuestra familia enloquecerá”, escribió sobre su esposo en 1789, después de que éste fuera elegido primer Presidente de la Unión.

En una carta a una amiga, Martha confesó cuán “disgustada” se sentía por la decisión de su marido: “Poco me imaginaba, cuando terminó la guerra, que cualquier circunstancia podía llamar al General otra vez a la vida pública. Creía que íbamos a poder retirarnos a envejecer juntos en soledad y tranquilidad”.

El de Washington no fue un caso aislado y el duodécimo mandatario de la república, Zachary Taylor, dijo durante un acto de campaña en 1849 que su mujer, Margaret, era “tan contraria a que él fuese Presidente” que incluso rezaba “activamente” por las noches pidiendo la victoria de su rival.

Algo similar le ocurrió a Franklin Pierce (1853-1857), cuya esposa despreciaba tanto la intromisión que la política había causado en su matrimonio, que se desmayó al conocer que su marido había ganado la Presidencia (1853-1857).

Se trata de anécdotas compiladas por escritoras e historiadoras expertas en primeras damas reunidas esta semana en Washington en una iniciativa organizada por el Museo Nacional de Mujeres Americanas Escritoras, que ilustran las “enormes dificultades” de un cargo “importantísimo y demasiadas veces olvidado”.

“Ninguno de los primeros presidentes de este país hubiese podido hacer carrera política si no hubiese tenido detrás a una mujer que velara por sus negocios y cuidara de las plantaciones”, explica Patricia Krider, directora ejecutiva de la Biblioteca de las Primeras Damas en Canton (Ohio).

“Michelle Obama, por ejemplo, supone un bastión emocional para su marido y, fuera de la Casa Blanca, se encarga en muchas ocasiones de ‘lavar’ la imagen de hombre poco social que algunos le achacan a Barack”, apuntó.

Sobre el papel que la actual primera dama desempeña se ha hablado largamente y el libro The Obamas, publicado a principios del año pasado, retrató supuestos “choques” de Michelle con los consejeros del presidente, algo que ella misma se apresuró a desmentir.

La autora del libro y periodista del The New York Times Jodi Kantor la describió como “una esposa solidaria, pero a menudo ansiosa, recelosa del pensamiento político convencional, una figura rompedora que ha sentido agudamente las presiones y posibilidades de ser la primera afroamericana en su posición”.

Michelle forma parte de las primeras damas “modernas”, muy implicadas en sus cometidos sociales y figuras públicas destacadas, al igual que lo fueron en su día Hillary Clinton, Nancy Reagan, Jacqueline Kennedy y, sobre todo, Eleanor Roosevelt.

Eleanor, activista por los derechos de las minorías y la justicia social, fue la primera en el cargo en realizar frecuentes conferencias de prensa, escribir una columna diaria en el periódico y, tras la muerte de su marido, Franklin D. Roosevelt, fue delegada de EU en la Asamblea General de las Naciones Unidas.

MARC ARCAS-EFE