9 de julio de 2013 / 02:03 p.m.

Egipto • En el calendario del ejército egipcio se marcará el 8 de julio como un día negro. Ese día será recordado siempre como aquel en el que los soldados mataron e hirieron a una gran cantidad de manifestantes civiles pacíficos, incluyendo a mujeres y niños. Las escenas en El Cairo fueron indescriptibles, con sangre derramada en toda la unidad de atención médica que no esperaba recibir a más de 500 heridos y 53 muertos. Eso dicen los Hermanos Musulmanes, sin embargo hay quienes aseguran que las balas provinieron de personas vestidas de civiles.

Los líderes del golpe militar que tomó el lugar del gobierno electo de Egipto están enviando un mensaje claro: están determinados a matar, detener a las figuras políticas, censurar a los medios, y hacer todo lo que puedan para matar el sueño del pueblo egipcio de una verdadera democracia. A pesar de su brutalidad, el golpe ha sido apoyado —ya sea abiertamente o detrás de expresiones de preocupación— por otros gobiernos.

Desde que el ejército derrocó al presidente Mursi, la pregunta que nos han formulado a los que fuimos parte de su equipo y del Partido Libertad y Justicia de la Hermandad Musulmana ha sido: “¿Qué estaban pensando? ¿Qué pensaba él?”

La respuesta es simple, Mursi comprendía, y nosotros también, que tenía una sola misión: establecer mecanismos sustentables para el cambio democrático del poder. Todo lo demás en lo que creía seguiría a partir de allí.

El equipo de Mursi y su gabinete trabajaron duro para solucionar las necesidades cotidianas del pueblo egipcio. Los alimentos, la energía y la seguridad, fueron los tres sectores con los mayores problemas. Nos enfocamos a solucionarlos directamente introduciendo controles para eliminar la corrupción e incentivar la producción.

También se tomaron medidas indirectas a través de la inversión, el turismo y la cooperación, con el objeto de aumentar la inversión y los ingresos públicos y crear oportunidades de empleo.

Pero todo esto fue secundario para el presidente. Lo que era más importante para la democracia de Egipto era darle una dirección irreversible. Él creía firmemente que la democratización de Egipto debía ser real, que tenía que contar con mecanismos transparentes, estables y sustentables para que el pueblo escogiera a sus representantes.

Cuando el pueblo dijo que saldría a las calles para pedir su destitución, el presidente les suplicó que fueran a las urnas de votación. Extendió la invitación a los miembros de la oposición a un diálogo abierto, como hizo en repetidas ocasiones durante el año pasado. Todo estaba sobre la mesa, menos la muerte de la democracia. Aceptó las propuestas para un cambio de gabinete, enmiendas a la Constitución que se presentarían al Parlamento inmediatamente después de las elecciones, un gobierno nacional unitario en el que todos los partidos estuviesen representados, la elección de un primer ministro aceptable para sus opositores políticos.

Electo en elecciones libres y justas, el presidente no abdicaría en respuesta a las manifestaciones callejeras o a las presiones del ejército del país. Se negó a convertirse en un presidente falso con los militares gobernando el país detrás de bambalinas.

Estas dos opciones no estaban en la mesa, explicó Mursi repetidamente, no debido a su ego, sino porque eso marcaría el fin de la democracia.

En su discurso del 26 de junio, Mursi fue todavía un paso más lejos, reconociendo no solamente la magnitud de la crisis en las necesidades cotidianas del pueblo, sino también explicando las conjeturas fundamentales del enfoque al gobierno que debían ser revisadas.

Mursi no proponía mejoras superficiales a problemas de corto plazo; intentaba explorar con el pueblo egipcio los cambios fundamentales necesarios en la manera de gobernar. Pero esa conversación fue silenciada por quienes en la crisis no vieron más que la oportunidad de derrocar al primer presidente libremente electo en la historia de Egipto.

Continuaremos manifestándonos contra este ataque a la democracia, y nos resistiremos, con todos los medios pacíficos disponibles, hasta que el presidente electo sea reinstalado y el ejército acabe con esta intervención ilegítima a la política de Egipto.

YAHUA HAMED/THE GUARDIAN