11 de julio de 2013 / 01:31 p.m.

París • Al deponer, el 3 de julio, al primer presidente elegido democráticamente de la historia del país, que era también el primer civil jefe de Estado desde el advenimiento de la República, el ejército egipcio ha marcado una vez más la historia local. Es una constante desde 1952, cuando un puñado de jóvenes “oficiales libres”, amparados bajo el paraguas condescendiente del viejo general Naguib, depuso al rey Faruk, obligado a abandonar Egipto a bordo de su yate hacia Italia, donde terminó sus días. Este acto apodado la “revolución de julio” (y no golpe de Estado), sentó las bases de la República e instaló al ejército no solo como guardián de las instituciones del país, sino también de su identidad política.

Pero 61 años más tarde, nada o casi nada ha cambiado. El ejército sigue siendo el principal motor del cambio. Depuso un rey en 1952, un general dictatorial y envejecido (Hosni Mubarak) en 2011 y por último a un presidente elegido (Mohamed Mursi) en 2013, destruyendo en forma metódica la legitimidad de todos los líderes del país, cualquiera que sea su modo de designación, para imponerse como la instancia de última hora, la que zanja los conflictos institucionales y políticos.

Lo más sorprendente del “golpe” del 3 de julio es que ocurrió apenas un año después de la elección de un islamista, que ganó la presidencia con un margen muy estrecho (poco menos de dos por ciento), sobre todo gracias a los que prefirieron la peste integrista a la cólera autoritaria.

Utilizando a los Hermanos Musulmanes para detener la dinámica revolucionaria tras la revuelta popular de febrero de 2011, el ejército se volvió luego hacia los revolucionarios para desembarazarse de los Hermanos.

Doce meses más tarde, es como si todo se hubiera olvidado: las infamantes “pruebas de virginidad” practicadas a las manifestantes detenidas en enero-febrero de 2011; el rol —develado en enero de 2013— del ejército (y no solo de la policía) en la represión de las manifestaciones que condujeron a la caída de Mubarak (más de 800 muertos); la tortura y los doce mil procesos militares entre febrero de 2011 y junio de 2012. Y finalmente, la calamitosa gestión del país en este año y medio de transición a golpes de comunicados marciales del Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas.

¿Cómo pudieron los egipcios olvidar este balance? Evidentemente, los activistas revolucionarios, los primeros afectados por la represión castrense, no cambiaron de opinión sobre una institución a la que detestan, en especial por sus privilegios económicos. Los militares vieron garantizada, bajo el mandato de Mursi, la misma impunidad jurídica y la misma autonomía presupuestaria de las que gozaban bajo Mubarak.

El ejército egipcio no solo es la única institución todavía funcional del país, sino que es también la principal empresa pública de Egipto aunque para su propio beneficio, más que del país. En efecto, el ejército es el primer productor de pan, la principal empresa de trabajos públicos y sus fábricas producen desde alimentos y vestidos hasta toda clase de bienes de consumo corriente. Su presupuesto, entre ellos la ayuda de EU de 1.3 mil millones de dólares al año desde 1979, escapa a cualquier control parlamentario e incluso gubernamental.

Pero, para la gran masa, el ejército sigue siendo el “hijo del pueblo” y el principal escalafón social del país. El que permitió, por ejemplo, al hijo de un empleado de correos del Alto Egipto, Gamal Abdel Nasser, dirigir el país más poblado del mundo árabe. Pese a los reveses y compromisos, el ejército ha sabido mantener el mito con una admirable maestría política. La guerra de octubre de 1973 contra Israel es aún presentada como una victoria estridente y ni la posterior paz con Israel ni la participación en la coalición occidental durante la guerra del Golfo, lograron dañar el aura de un ejército en donde lo esencial de los esfuerzos estuvo dirigido a la conquista de la opinión interna, más que a la defensa contra la amenaza exterior.

Este fue probablemente el objetivo buscado por los estrategas de EU, que gastaron más de 30 mmd en tres décadas en el país: que el ejército pueda utilizar sus centenares de carros de asalto para canalizar las protestas y sus cursos de pilotaje para dibujar corazones en el cielo de El Cairo.

CHRISTOPHE AYAD-LE MONDE