JONATHAN STEELE/THE GUARDIAN
5 de julio de 2013 / 12:46 p.m.

Londres• Se podría debatir si las acciones del ejército egipcio del 4 de julio y los días previos se pueden calificar o no como un golpe a gran escala. Pero lo que está claro es que se trata de una intervención ruinosa en la política de un país que había respirado el aire de la democracia por primera vez en décadas.

Un ejército que parecía estarse retirando de la política tras la partida de Hosni Mubarak, en febrero de 2011, está en el juego nuevamente. Primero, emitiendo un ultimátum a un presidente electo ordenándole obedecer o renunciar; y luego, cumpliendo sus amenazas y estableciendo un plan que lo depone y suspende la Constitución.

Rechazar los resultados de las elecciones que fueron consideradas, ampliamente, libres y justas, y hacer a un lado la ley básica de un país, es un paso que ningún ejército debería dar jamás. El hecho de que el movimiento de las fuerzas armadas haya sido bien recibido por muchos de los revolucionarios que antes habían tenido el valor para salir a las calles contra Mubarak, en 2011, es prueba de su ingenuidad y miopía política.

Esto no quiere decir que el presidente Mohamed Mursi sea inocente. La lista de cargos políticos en su contra es larga y detallada, siendo su peor ofensa la emisión, en noviembre pasado, de decretos para ampliar sus poderes. Pero rápidamente los rescindió después de las protestas. Durante las últimas revueltas en las calles, a pesar de sus palabras desafiantes sobre estar preparado para morir, mostró nuevamente su disposición a comprometerse ofreciendo formar un gobierno de unidad nacional y acelerar las elecciones para un Parlamento nuevo.

Sin embargo, es absurdo responsabilizarlo totalmente por las decepciones de los dos últimos años. No fue él, sino el tribunal administrativo supremo el que disolvió la asamblea del pueblo, la Cámara baja del parlamento. No fue él, sino los líderes de los partidos de oposición, los que formaron un gobierno que estaba ampliamente dominado por los Hermanos Musulmanes. Mursi los invitó a unirse al gabinete, pero se negaron.

No es al presidente a quien se debería culpar del fracaso de la economía egipcia para generar empleos para los miles de jóvenes que se gradúan todos los años, o para una generación mayor que está desempleada.

Se ha dicho mucho de la amenaza a la democracia egipcia que proviene del llamado estado profundo: la burocracia todavía arraigada, formada por funcionarios del partido Nacional Democrático de Mubarak, grandes empresarios que eran sus amigos, y una jerarquía militar que explotó los bienes estatales o lucró de las industrias recién privatizadas y de las empresas comerciales.

Algunos acusaron a Mursi de unirse a las filas de esta élite autoritaria. Pero la acusación real es que hizo demasiado poco por enfrentarlos a ellos y a sus soldados, una fuerza policial corrupta y brutal. La ironía de los eventos de los últimos días es que aquellos que están denunciando tan enérgicamente al presidente en la plaza Tahrir y las calles de otras ciudades están cayendo en la trampa preparada por la oligarquía a la que quieren poner bajo control.

Es cierto que los Hermanos Musulmanes están formados por partidarios y conservadores sociales que pueden representar una amenaza para algunos derechos civiles egipcios. Pero el peligro mayor y más inmediato para el país es contra los derechos políticos que ganaron todos los egipcios con el derrocamiento de Mubarak. La abolición del gobierno de un partido, el derecho de todo tipo de grupos políticos para organizarse libremente, el levantamiento de la censura a los medios y la restricción de la prisión por disensión, son beneficios que no deberían anularse.

Aquellos que creen que el objetivo principal de los militares es preservar las nuevas libertades muy pronto quedarán decepcionados. De Chile, en 1973, a Pakistán, en 1999, es larga la historia de los golpes militares que fueron bien recibidos durante los primeros días y horas, y luego lamentados en los años de desesperación que siguieron. Que Egipto siga esa tradición es un desastre.