17 de abril de 2013 / 01:54 p.m.

Caracas • Unos le daban duro a los cacerolazos. Los seguidores del opositor Henrique Capriles, que azotaban con ganas sus trastos para darle sentido al llamado que su candidato presidencial les había hecho por la tarde: organizar una segunda noche de cacerolazo en protesta por las elecciones presidenciales que han impugnado. Otros, le prendían fuego a sus cohetes, a sus cohetones, para obedecer a Nicolás Maduro, quien los había instado a un cohetazo a fin de contrarrestar las protestas opositoras. Y ahí tenía usted la noche de Caracas, con un ensordecedor concierto de metales y pólvora. La guerra postelectoral de los venezolanos.

Pero si lo de la noche parecía algo casi lúdico, una doble catarsis colectiva sin daños aparentes, las cosas no habían sido fáciles durante el día: el país había estado al borde del caos político…

—Pana, el chavismo ya enloqueció… —comentaba un motociclista de esos que transportan a los periodistas extranjeros por la caótica Caracas, repleta de vehículos. Él, chavista de hueso colorado.

Cuartel General del Comando Simón Bolívar (recuerde que aquí la política es bélica, y nada de casa de campaña: no, comando). El war room. El de Capriles. Decenas de mujeres en sus años veinte, treinta, y cuarenta, todas amas de casa voluntarias, mujeres profesionistas de clase acomodada, llenaban un salón donde capturaban datos sobre irregularidades en el proceso electoral. Una de ellas, que asumía el liderazgo, reflexionaba sobre Maduro y su comportamiento durante el día (ahora le cuento), y con gran sarcasmo en las palabras, e ironía en sus ojos azules, soltaba esto:

—Yo soy opositora cien por ciento. Siempre lo he sido. Siempre voté contra Chávez. Pero ahorita te voy a decir algo: después de que Chávez se murió, ¡cómo lo extraño! ¡Cómo lo extrañamos los opositores!...

Extrañan a Chávez. Silencio.

—Sí, Chávez, con todo lo malo que hizo a este país, jamás prohibió una manifestación… —secundaba otra de las damas de ojos aceituna.

Pues ¿qué había hecho Maduro en el día? Él y el gobierno. Él y el Estado chavista. Poco. Mire usted…

Por la mañana la Fiscal General de la República, Luisa Ortega, aparecía para informar que, durante las protestas opositoras del día anterior, murieron siete personas (una quemada viva) y 61 resultaron lesionadas. Los periodistas extranjeros nos preguntamos todo el día dónde estaban las imágenes de los muertos. De sus familias. Algo. En fin.

El autor intelectual de todo esto, decía la fiscal… Henrique Capriles. Solo por haber llamado a un cacerolazo pacífico. A él se le acusaría, advirtió, por instigación del odio, rebelión civil, y asociación delictuosa. Por lo tanto, el líder opositor no solo tendría que ir a la cárcel, sino que, de resultar responsable, se le congelarían sus cuentas bancarias y se le incautarían sus bienes. Así. Duro. Y que cuidado con más marchas, porque seguramente iban a planear matar gente para tener “"un formato de golpe de Estado"”. Tal cual.

Luego vendría Diosdado Cabello, el presidente de la Asamblea Nacional, el perdedor de la herencia de Chávez con Maduro, quien ya había amenazado a Capriles la víspera con hacerlo pagar por la violencia. Él, a quien la gente en la calle ubica como el hombre duro del Estado, advertía: “Vamos por los jefes”. Los jefes Capriles y Leopoldo López, segunda figura en importancia de la oposición. Los mencionaba por sus nombres. Irán por ellos, antes de que Capriles se vaya a Nueva York “donde se acaba de comprar un departamento”, aderezaba. “Pendejos no somos. Este gobierno no es blandengue. Cuatro ricos de cuna no pueden apoderarse del país”. ¿Este gobierno? ¿El no forma parte del Poder Legislativo? Preguntas de corresponsales…

12:24 P.M. Maduro irrumpía en su primera cadena nacional como presidente con constancia electoral de ganador. Arremetía con todo: nazis, fascistas, golpistas, locos, les endilgaba a Capriles y los suyos. Y más, decía más: que él y su gobierno habían desactivado ya un golpe de Estado financiado por Estados Unidos a favor del gobernador de Miranda. “"¡Esta fue la crónica de un golpe de Estado anunciado! ¡Lo declaro derrotado!"”, gritaba. Tal cual. ¿Golpe de Estado? ¿No le habían jurado y perjurado las Fuerzas Armadas su lealtad? Preguntas de corresponsales...

Ordenaba que se establecieran responsabilidades al más alto nivel de los instigadores. Que fueran por Capriles y compañía, pues, para que respondieran por lo que habían hecho. Y preguntaba que si las protestas de la tarde y noche anteriores eran actos de Cristo o de Hitler. “"¿Y si nos volviéramos locos y mandáramos a sus residencias al pueblo?”, amagaba. Y daba la estocada: “¡No se va a permitir marchar al Centro de Caracas! ¡Si me quieren derrocar, aquí estoy, vengan por mí!"”.

La gran marcha opositora convocada para el miércoles hacia la sede del Consejo Nacional Electoral (ahí en el Centro) quedaba prohibida desde ese instante de la cadena nacional. Punto. “"Mano dura"”. Con mano dura va a gobernar, agregaba, y de paso, le daba una visitada a los medios de comunicación: “"Llamo a los medios a definirse: ¿con quién están? ¿Con la patria o con el fascismo?"”. Maduro…

Capriles convocaba a la prensa internacional, mientras miles de venezolanos se manifestaban en distintos puntos del país frente a las instalaciones electorales para pedir un recuento voto por voto.

No podía darla: Maduro entraba de nuevo en cadena nacional justo cuando iba a empezar, y había que esperar una hora.

Ya ante las cámaras, Capriles no tenía opción: cancelaba la marcha de este miércoles. Citaba fuentes de las Fuerzas Armadas, de la policía y de la inteligencia del Estado: infiltrarían la protesta y podría haber sangre. Muertos. Daba un largo listado de las irregularidades electorales que evidenciará ante las autoridades, citaba a Gandhi, y mandaba a la gente a sacar su enojo con las cacerolas en la noche. Se deslindaba de la violencia y advertía que si alguien violentaba bajo la bandera opositora, quedaba fuera de su movimiento.

Maduro llamaba a un cohetazo para contrarrestar el cacerolazo. La guerra de las cacerolas, cohetes y cláxones. Ahí quedaba todo. Por ahora. Y, claro, se inauguraba el duro, durísimo, madurismo…

JUAN PABLO BECERRRA- ACOSTA M./ENVIADO