1 de abril de 2013 / 02:40 p.m.

 

La más reciente amenaza de Corea del Norte de hacer llover misiles sobre Estados Unidos, con mapas que muestran rutas de vuelo a través del Pacífico, y al líder Kim Jong-un firmando órdenes en una reunión de medianoche, replantea la pregunta que todo un mes de amenazas ya ha planteado: ¿hablan en serio? ¿Podría realmente haber un armagedón coreano? En principio, mi respuesta sería que no.

Algunas de las amenazas específicas de Pyongyang pueden descartarse. No existe evidencia de que un misil pueda viajar más de 4 mil millas, o que hayan logrado montar una cabeza nuclear en uno y, aunque lo hubiesen hecho, no podrían repetirlo, tal ataque sería interceptado.

Sin embargo, la complacencia es mala. Los surcoreanos han tenido al perro ladrando en su puerta desde hace 60 años, y ya les resulta indiferente. Pero en 2010 hubo dos ataques, y podría haber más. Ningún adulto mayor olvida la guerra coreana 1950-1953, cuando el Norte realmente invadió, principalmente por tierra, y murieron alrededor de dos millones, aun en aquellos días de poca tecnología.

Que EU no esté amenazado en la realidad, de ninguna manera se aplica a Corea del Sur o Japón. Ambos están dentro del alcance de los misiles de corta y mediana distancia. Seúl, la capital del sur, que incluyendo las ciudades satélites, es el hogar de 20 millones de personas, está a solo 25 millas al sur de la frontera, el área irónicamente llamada zona desmilitarizada. Justo al norte, hay miles de piezas de artillería pesada, algunas con cabezas químicas, del ejército coreano del pueblo. Esto podría causar una carnicería en Seúl, aun en un ataque inicial.

Ahora, el principal riesgo es doble y está conectado. El ciclo de provocación y reacción podría salirse de control. La última amenaza de Corea del Norte fue detonada por las prácticas de bombarderos stealth estadunidenses sobre la península —de alguna manera en respuesta a la retórica iracunda de Pyongyang—, pero EU difícilmente podría no haber respondido de alguna manera, así crece la escalada.

El otro peligro es un error de juicio. Algo podría dispararse por accidente, o alguna de las partes podría malinterpretar un movimiento de la otra. En ese caso, el riesgo de escalada sería muy real.

La política y el contexto también importan. El entonces presidente Lee Myung-bak fue muy criticado en su país por no responder a los ataques de 2010. Su sucesor, Park Geun-hye, al mando por apenas un mes, busca una política de confianza con el Norte, cuya actual ferocidad es, por lo tanto, más inquietante.

Algunos de los militares de línea dura del sur, que dirigieron el país (notablemente el padre de Park, el dictador Park Chung-hee) ansían atacar al Norte. Park podría querer la paz, pero si el Norte vuelve a provocarlo, se vería intolerablemente débil si no autorizan algún tipo de contraataque.

Hace casi 20 años los riesgos fueron cuantificados. En 1994, Bill Clinton consideró seriamente un ataque a las instalaciones nucleares de Corea del Norte en Yongbyon. Los jefes del estado mayor conjunto estimaron que una nueva guerra en Corea mataría al menos a 1 millón de personas, incluyendo unos 100 mil soldados estadunidenses. Los costos inmediatos para EU serían de 100 mil millones de dólares, mientras que los trastornos en la zona costarían más de un billón. Esas cifras financieras serían más altas en el presente.

¿Qué se puede hacer? Básicamente la vigilancia extrema de los aliados, que deberían intentar no escalar. Utilizar contactos secretos para averiguar qué quiere realmente el Norte. Tal vez una próxima junta del comité del partido central nos dé algunas pistas. Sospecho que la política interna está detrás de una gran parte de esto.

Mientras tanto, empresas británicas tales como Koryo y Young Pioneer están expandiendo sustours a Corea del Norte, no cancelándolas. Y cada día docenas de surcoreanos conmutan de Seúl a través de la zona desmilitarizada para supervisar a trabajadores norcoreanos en una aventura conjunta en un parque industrial. Esa es la realidad en el área, con suerte así seguirá.

 — LA ALDEA POR AIDAN FOSTER-CARTER/THE GUARDIAN