24 de junio de 2013 / 01:16 p.m.

Río de Janeiro• Un grupo de jóvenes destapó las corrientes subterráneas de la indignación urbana en Brasil, al tocar un nervio incómodo de todas las grandes e incluso medianas ciudades del país, como es el deterioro de la circulación y la calidad de vida.

Nadie podría prever dos semanas atrás que un reclamo tan específico desataría ese reguero de pólvora, de propagación espontánea de sur a norte del país, con banderas que se diversificaron entre pedidos de más inversiones en salud y educación, la legalización de la mariguana y el rechazo a la corrupción y a los gastos para preparar los encuentros deportivos internacionales.

De inmediato surgieron comparaciones con los levantamientos en Oriente Medio y norte de África, conocida como primavera árabe, con el movimiento de indignados de España o con las protestas aún en curso en Turquía, iniciadas el 28 de mayo. Pero la situación en este país es muy distinta a esas realidades.

Brasil vive una democracia sin cuestionamientos, no hay crisis económica ni política, pero sí una problemática urbana. El desempleo se limita a 5.8 por ciento de la población activa pese al débil crecimiento, y la presidenta Dilma Rousseff aún disfruta de alta popularidad (mayor a 70 por ciento), aunque en descenso.

Todo empezó con cuatro marchas convocadas por el Movimiento Pase Libre (MPL) el 6 de junio en Sao Paulo, cuatro días después de conocerse el aumento del precio de los pasajes de tres a 3.20 reales (1.50 dólares). Pocos miles de personas adhirieron.

Aunque también hubo actos menores en otras tres capitales estatales, el epicentro de las protestas se ubicó en la del estado paulista, donde la represión policial el jueves 13 dejó decenas de manifestantes heridos por disparos de balas de goma, incluyendo periodistas.

La violencia contribuyó a la proliferación de las protestas, ahora impulsadas también por solidaridad y el reclamo al derecho a manifestar.

Pero es poco probable que las protestas tomasen la amplitud y simultaneidad que están teniendo sin un drama compartido por casi todos en las grandes ciudades: la circulación urbana cada día más precaria y complicada.

La violencia contribuyó a la proliferación de las protestas, ahora impulsadas también por solidaridad y el reclamo de derecho a manifestar.

Se trata “de derechos”, no solo de los “centavos” adicionales al costo del transporte, señalaron pancartas y declaraciones de activistas, alimentando interpretaciones entusiasmadas sobre el “despertar” de los brasileños, especialmente los jóvenes, por cambios en la política. Se habla de demandas “difusas”.

La congestión urbana se agravó en los últimos años por el estímulo a la venta de autos, con reducción de impuestos y facilidades de crédito, a fin de sostener el crecimiento económico, en contraste con las escasas inversiones en el sistema público de transporte.

Ciudades medianas del interior ya también afrontan congestionamientos de vehículos y acogen ahora esa ola de inéditas manifestaciones en sus calles, en general cercando sedes de alcaldías.

En Sao Paulo, la mayor metrópoli brasileña con 11 millones de habitantes, el promedio de velocidad de los vehículos cayó en 2012 a 18.5 kilómetros por hora en la hora pico, al final de la tarde, 10 por ciento menos que en 2008. En algunas avenidas bajó a 6.6 kilómetros, un ritmo similar a trasladarse a pie sin acelerar mucho.

Este es el momento de mayor insatisfacción de los paulistas con el transporte público desde que el Instituto Datafolha inició estas encuestas en 1987.

Hoy, el sistema es malo o pésimo para 55 por ciento de las personas consultadas, frente a 42 por ciento en 2011. Solo 15 por ciento lo aprobó.El autobús, medio que transportó 2 mil 917 millones de pasajeros en 2012, fue calificado como el peor vehículo de pasajeros.

Los estadios y otras infraestructuras destinadas a cobijar la Copa de las Confederaciones de Fútbol, en curso, la Copa Mundial de la FIFA 2014 y los Juegos Olímpicos de 2016 son blancos de las protestas por desviar inversiones necesarias en la educación y salud, alimentar la corrupción y agravar los problemas de tránsito con obras que bloquean calles y carreteras.

MARIO OSAVA