15 de marzo de 2013 / 02:58 p.m.

Un Papa que pueda ofrecer optimismo nuevo, sentimiento de que hay un propósito, transformaría el núcleo original de la Iglesia católica: desde renovar el gobierno Vaticano hasta la forma de enfrentar los casos de abuso infantil

 

Ciudad del Vaticano.- Si hay algo que la Iglesia católica sabe hacer es trabajar con los símbolos y estas últimas semanas han sido un claro ejemplo de ello, sobre todo cuando Francisco subió al balcón de la Basílica de San Pedro y salió al escenario mundial, vestido con la sotana blanca del Papa.

Sobre todo porque esta elección es de “"primeros"”: primer Papa jesuita, primero que no es europeo en mil años, primer latinoamericano. Y hasta ahora, los católicos parecen complacidos: su humildad, su historial como hijo de trabajadores inmigrantes, su desprecio por las frivolidades del puesto. Los liberales se están concentrando en su solidaridad con los pobres; a los tradicionalistas les agrada su visión convencional de la moralidad sexual.

Por mucho tiempo, la Iglesia católica ha dado la impresión de que tiene sus puertas cerradas al mundo, una tragedia para los católicos romanos que se habían emocionado y excitado tanto cuando el comenzó el segundo Concilio y el papa Juan XXIII ordenó que se “"abriesen las ventanas"” de la Iglesia.

Lo que necesita ahora la Iglesia no es solo que esas puertas y ventanas se abran, sino también una concienzuda limpieza de primavera. Quitar el polvo y sacudir las cosas, desde reformar la manera en la que ha sido gobernada hasta una reconsideración sobre cómo ha manejado el abuso infantil y una confirmación de su papel, parándose hombro a hombro con los pobres y desposeídos.

Primero, Francisco necesitará establecer un tono nuevo, luego tendrá que cambiar el personal de los altos puestos.

Mientras que indudablemente los miembros occidentales de la Iglesia están descendiendo, aumentan en otros lados. Porque hay más en esta institución antigua, que errores en sus relaciones públicas. Para muchos es vital para su bienestar, ofreciendo servicios tales como educación y atención a la salud.

¿Puede todavía ofrecerle esperanzas a Occidente? Ésta es sin duda una de las preguntas más duras para el papa Francisco, cuando hay tanta evidencia de que una gran parte de las enseñanzas católicas es rechazada por una sociedad crecientemente secular, que a la vez, de muchas maneras, no es feliz. Un Papa que pueda ofrecer optimismo nuevo, sentimiento de propósito para Occidente, transformaría el núcleo original de la Iglesia.

Francisco no hará eso desechando las enseñanzas tradicionales de la Iglesia sobre el sexo, ya que la Iglesia católica se mueve paso a paso, reformando mientras se aferra a la tradición. Y Francisco es un tradicionalista en lo referente a moralidad personal, hablando firmemente en contra del matrimonio gay.

Pero también es esencialmente un hombre de pastoral. Comprende las dificultades de la vida; esto fue evidente el año pasado, cuando habló contra los sacerdotes que se negaban a bautizar a los hijos de madres solteras, denunciándolos como "“los hipócritas del presente, los que clericalizan la Iglesia"”.

Probablemente lo mejor que pueden esperar los occidentales es un enfoque más compasivo. Francisco tiene que decirle a la gente con real convicción que la Iglesia está de su lado, del lado de los pobres.

En las últimas semanas se ha hablado solo de administración: la necesidad de un mejor gobierno, de un enfoque del siglo XXI para dirigir el espectáculo del Vaticano. Lo que quieren decir los obispos de la Iglesia con reformar la manera en la que ésta es dirigida, concierne a la relación entre ellos y la dirección del Vaticano, o Curia. Los que tienden a implicar a los medios se refieren a los aspectos más sensacionalistas de la disfunción de la curia, algo que se vislumbró con los papeles del llamado Vatileaks.

Ambas cosas necesitan estudiarse; y entre los documentos que esperan al nuevo Papa hay uno escrito por tres cardenales que aparentemente Benedicto XVI guardó en su caja fuerte a la espera de su sucesor.

El sacerdote francés y teórico político del siglo XIX, Félicité Robert de Lamennais advirtió que “"el centralismo genera apoplejía en el centro y anemia en las extremidades"”. Eso resume la gran tarea que le espera al Papa argentino al enfrentar las dificultades internas.

Tendrá que ser tan inocente como una paloma y tan inteligente como una serpiente para resolverlas.

CATHERINE PEPINSTER