17 de agosto de 2013 / 02:32 p.m.

París • Jacques Vergès, orador brillante, provocador incorregible, antisionista y anticolonialista convencido y uno de los abogados más controvertidos del siglo XX por defender a criminales nazis, dictadores africanos y terroristas palestinos, deja un halo de misterio tras fallecer a los 88 años en París.

Su cuerpo se apagó la pasada noche, en la misma habitación donde el 30 de mayo de 1778 falleció el filósofo Voltaire, consumiendo una personalidad irrepetible y llena de claroscuros escrutada por la prensa, el cine y el teatro.

Entre los misterios que se lleva a la tumba este amigo del líder comunista chino Mao Zedong y del camboyano Pol Pot al que el Che Guevara le enseñó a fumar cigarros puros y que defendió al terrorista venezolano "Carlos", al oficial de la Gestapo nazi Klaus Barbie o a controvertidos presidentes africanos como el gabonés Omar Bongo o el chadiano Idriss Déby, destacan ocho años de vacío entre 1970 y 1978.

Vergés no quiso desvelar nunca dónde pasó esos años, ni con quién. Con frases como: "pasé al otro lado del espejo. Es mi parte de sombra" o "Estuve muy al este de Francia", el letrado esquivó durante más de tres décadas su suerte en los años setenta, mientras dejaba crecer la leyenda que le situaba con los Jemeres Rojos, en Pekín, el Líbano o Moscú.

Por aquel entonces, este hijo de una madre vietnamita y de un diplomático francés que se autodenominó en una autobiografía como "brillante bastardo", era una personalidad conocida de la abogacía, la contestación, y de los servicios secretos de muchos países.

Nacido en 1925 en Siam y criado en La Reunión, Vergès se adhirió al Partido Comunista francés en París en 1945 y se convirtió en "un pequeño agitador anticolonialista", según se describía el mismo.

Tras desempeñar diferentes responsabilidades en las filas comunistas, lo que le llevó a instalarse en Praga, a los 29 años abandonaría la formación política y regresó a La Reunión para terminar de convertirse en abogado.

En 1957, con solo dieciocho meses de experiencia como letrado, el Frente de Liberación Nacional argelino (FLN) le encargó la defensa de la emblemática activista Djamila Bouhired, condenada a muerte y después indultada -sin solicitarlo- que terminó casándose en 1965 con Vergés, con quien tuvo dos hijos.

El letrado utilizó aquel juicio como tribuna para atacar al colonialismo francés y los brutales métodos del Ejército galo empleados en la ahora ex colonia, apoyándose en su "estrategia de ruptura", herramienta jurídica que blandió durante su extensa carrera y que consistía en rechazar la legitimidad del tribunal para debatir sobre valores y no sobre hechos.

Se instaló entonces en Argelia y adoptó esa nacionalidad, trabajó para el Ministerio de Exteriores de ese país, regresó a Francia, volvió a Argelia... y terminó desapareciendo. Ocho años de misterioso silencio aún sin resolver.

A su regreso a París, el letrado de gafas redondas, sonrisa maliciosa y ojos rasgados al que muchos conocían como "el chino" declaró que había vuelto más "aguerrido". Defendió a otros muchos controvertidos acusados, instalado siempre en el funambulismo entre lo jurídico y lo político, aprovechándose de la mediática onda expansiva de los procesos en los que participaba.

El más relevante de sus casos fue la defensa en 1987 de Klaus Barbie, el jefe de la Gestapo en la Francia ocupada por los nazis, conocido como "el carnicero de Lyon". En aquel juicio que atrajo la atención de todo el planeta, Vergés se sirvió del escenario para deslegitimar una vez más el sistema judicial de un país, Francia, al que acusaba de arrastrar una historia de crímenes de guerra.

"¿Qué nos da derecho a juzgar a Barbie cuando nosotros, en conjunto, como sociedad o como nación, somos culpables de crímenes similares?", preguntó Vergès durante el proceso en el que Barbie acabó condenado a cadena perpetua y falleció en la cárcel enfermo de leucemia.

Aunque muchos describen a Vergès como un frívolo y sibarita oportunista, nadie le niega que el abogado que tenía su despacho del noveno distrito parisino repleto de tableros de ajedrez, poseía un verbo exquisito, una inteligencia privilegiada y la convicción de que cualquier ser humano es defendible ante un tribunal.

"¿Estaría dispuesto a defender a Hitler? Por supuesto. E incluso a George W. Bush. Estoy dispuesto a defender a todo el mundo (...) a condición de que se declaren culpables", decía Vergès en el retrato documental que le dedicó el cineasta galo Barbet Schroeder en "El abogado del terror".

EFE