11 de mayo de 2013 / 04:43 p.m.

Siria • Cuando me avisaron que más de cinco mil insurgentes estaban en las afueras de Damasco me sorprendí. Había pasado más de una hora del bombardeo israelí a la Planta de Investigación, en las primeras horas del lunes, y los estruendos de los cañones demostraban que mucho había de cierto sobre la información reservada que me acababan de filtrar. ¿Cómo llegar hasta ahí?

Chequé las dos baterías de la cámara de video —mis mejores aliadas—, limpié la tarjeta de memoria de tanta foto reciente y me vestí. Salgo del elevador y camino lo más rápido posible para cumplir con mi objetivo de hoy: llegar hasta los suburbios. “¿Trajiste chaleco? Ve a buscarlo”. Nadie me está hablando, pero recuerdo el diálogo de hace dos años en la ciudad libia de Bengasi cuando un experimentado fotógrafo y amigo me aconsejó que lo buscara. Un misil Stinger había derribado un avión sobre nuestras cabezas y cinco barrios adelante ejército y rebeldes estaban disparándose con todo lo que tenían. Regresé aquella vez a mi habitación, me lo puse y ante su sorpresa su primera reacción fue una carcajada. “No, tío… Chaleco antibalas, no estos que dicen prensa…”. Apenado le expliqué que yo no los usaba desde que comencé a viajar a las guerras en 2004, en Irak. El chaleco antibalas incomoda y pesa demasiado cuando se es un reportero que además debe grabar videos y tomar fotografías. Que sea lo que dios quiera, volví a decirme ahora cuando me hundo en el tráfico abrumador e incesante de Damasco, entrelazado con decenas de retenes. Un verdadero caos la actual capital siria. Avanzar se vuelve tan tortuoso que es muy difícil envidiar a los reporteros locales. Tampoco a los repartidores de pizzas.

Varios de los retenes que ahora observo no estaban hace dos días. Del centro hacia las afueras se combinan los guardias según la importancia del edificio que custodien. De acuerdo con Ahmed, un recluta de apenas 20 años que se molestó porque intenté tomarle una foto, los turnos promedian las ocho horas cuando hay luz y bajan hasta tres en la madrugada. Hay milicianos novatos y soldados experimentados mezclados en las esquinas. ¿Cómo darse cuenta? Los mejores traen lentes oscuros, el uniforme bastante bien acomodado y el pelo peinado con bastante gel hacia atrás. Nunca sonríen y te piden confirmar hasta el último permiso. Mientras se acercan lo más recomendable es no bajar la vista, y a la vez mover con tus dedos la rueda de la cámara para barrer el directorio de fotos. Luego sonríes, dices sajafi (periodista) y esperas que te deje pasar.

Son aproximadamente 30 controles en una distancia de pocos kilómetros. Es algo agotador. Lo mejor es controlar la respiración para no pelearte con los guardias cada cien metros.

Después de dos horas de tratar de comunicarme a través de la mímica con mi chofer nos detienen en seco. “Ana sajafi, yura. Okey. Good…” había intentado decirle al taxista que soy periodista, que estaba todo bien y que me llevase hasta el lugar de los disparos. Pero se asustó y en uno de los últimos puestos de control les dijo a los soldados cuál era mi intención y hasta ahí llegué. Imposible contradecir las razones de seguridad del ejército sirio, ni las órdenes de los soldados. Tienen razón.

Me bajo del taxi. Compro una coca y camino de regreso las 50 cuadras que me separan del hotel.

SANTIAGO FOURCADE, ENVIADO ESPECIAL