3 de febrero de 2013 / 04:22 p.m.

 No le costó demasiado. Su sonrisa desenfadada que no riñe con el protocolo, la elegancia de su figura a pesar de su lucha contra el sobrepeso, y la mirada amorosa hacia su príncipe, hicieron de Máxima una marca registrada en Holanda y la integrante más popular de laCasa Real. Esta argentina de origen plebeyo que cumplirá 42 años en mayo, estaba predestinada a algo grande desde su cuna en la ciudad de Buenos Aires, a 11 mil 300 kilómetros de donde hoy se prepara para ser proclamada, en abril, Reina consorte de Holanda y los Países Bajos, por la abdicación de la Reina madre a favor de su primogénito, anunciada esta semana.

Sus biógrafos dicen que ella supo que llegaría lejos, quizá desde el deseo paterno cifrado en un nombre tan ostentoso. Lo cierto es que el 10 de diciembre de 1988, cuando Máxima Zorreguieta, de 17 años, vistiendo toga y birrete, recibió el diploma de International Bachelor del colegio Nordhlands, escribió en el anuario donde se les preguntaba a las flamantes egresadas sobre sus metas: “Too many to explain”.

La cita forma parte de  Máxima. Una historia real. El libro que la Casa Real Holandesa no quiso que se publicara, escrito por los periodistas argentinos Gonzalo Álvarez Guerrero y Soledad Ferrari para la Editorial Sudamericana en 2009, donde se traza un perfil que no es el de las revistas: lejos de ser la joven aristócrata y moderna, la jinete intrépida y aventurera o la economista brillante de la versión oficial de La Corona, la verdadera Máxima, la que aparece a través de 290 páginas de investigación exhaustiva, ha sido una mujer ambiciosa y malhablada que tuvo que trabajar para pagar sus estudios universitarios, que no fue una alumna brillante pero supo aprovechar las relaciones cultivadas en la preparatoria más exclusiva de Argentina, allí donde las familias patricias anotan a sus hijas porque egresan con una buena educación, un título internacional de bachiller, un inglés exacto y una red exclusiva de pertenencia.

La Princesa de los Países Bajos, Princesa de Orange-Nassau, Señora de Amsberg que en abril será coronada Reina consorte, vino al mundo en Buenos Aires marcada por Tauro el 17 de mayo de 1971, para cumplirle el sueño a su abuela materna, una mujer de provincias que vivió soñando que alguna de sus hijas —y después alguna de sus nietas— llegara a pertenecer a la aristocracia.

Carmenza Carricart de Cerruti, abuela materna de Máxima, tenía calculada hasta la hora en que había que ir a misa, justo para encontrarse con los jóvenes que llegaban de jugar al exclusivo deporte del polo. Su hija mayor, María Pame, que tantos disgustos le dio por “juntarse” con Jorge Horacio Coqui Zorreguieta, un hombre divorciado y con tres hijas, 15 años mayor que ella y sin más prosapia que buenos contactos con los ganaderos, venía a recompensarla muchos años más tarde con esta primogénita devenida en futura reina de Holanda. Es que, por aquellos años en que no existía la ley de divorcio en Argentina, Máxima fue el fruto de una relación no bendecida por una unión legal ni por el sacramento de la Iglesia.

A la vera del sueño materno, María Pame alentó al padre de Máxima en sus relaciones públicas hasta que Coqui se convirtió primero en lobbista de la oligarquía agroganadera de las pampas y luego en ministro de Agricultura (1979-1981) de la dictadura argentina del teniente general Jorge Rafael Videla. Y ambos hicieron enormes esfuerzos para sostener una economía hogareña demasiado costosa para los magros ingresos familiares, y enviar a Máxima a que cursara sus estudios en el Nordhlands, donde la niña comía sándwiches preparados en casa porque no tenía dinero para sentarse en el comedor escolar. La familia era, lo que se dice, verdaderamente esnob, en el sentido más literal del término originado a comienzos de la era industrial, en Inglaterra, cuando la flamante burguesía lograba —por prepotencia de dinero— ingresar a Cambridge y Oxford, universidades a las que hasta ese momento accedían sólo los nobles. En las actas universitarias, junto al nombre, y no pudiendo registrar el tradicional título de nobleza, las autoridades se limitaron a escribir s/nob: sine nobiliarium.

El coctel de excelencia, lengua inglesa y buenas amistades dio sus frutos años después, cuando una de sus compañeras del último año del colegio, Cynthia Kaufmann, ofició de celestina para presentarle al príncipe Guillermo Alejandro de Holanda.

Dicen sus biógrafos no autorizados que Máxima Zorreguieta no se destacó por ser buena alumna. Sí fue la rebelde del grupo. Era muy popular por ser la que mejor esquiaba, por su risa fácil, su gran altura y su simpatía. Desde su adolescencia, en que comenzó a fumar, nunca abandonó los cigarrillos y, curiosidades de la historia, esto fue uno de los puntos de unión con su futura suegra, la reina, con quien se encuentra todavía hoy para fumar a escondidas del protocolo.

Radicada en Nueva York, con 25 años, en junio de 1996, fue poco después seleccionada, a través de contactos, como ejecutiva del Departamento de Ventas Institucionales para América latina del HSBC James Capel. Un año más tarde asumió como vicepresidenta del departamento de Mercados Emergentese de Dresdner Kleinwort Benson, uno de los bancos de inversión más importantes del mundo, un cargo gerencial que no necesariamente es de tanta importancia como el grandilocuente título que lleva.

No puede saberse hasta dónde hubiera progresado en la Banca de no haber aceptado la invitación de su ex compañera de la prepa para conocer a alguien en una fiesta en España. Máxima dejó a su novio alemán en Nueva York —alega que la relación ya estaba en sus finales— para seguir a su celestina a Andalucía.

¿Qué le pareció el príncipe? Los biógrafos dicen que una de las amigas de Máxima les contó en Miami: “Maxi no lograba separar a Guillermo Alejandro de su investidura. No era muy buen mozo y usaba pantalones chocantes, pero le gustaba, aunque no podía relajarse a su lado; la seducía, para qué negarlo, transformarse en princesa, en reina. Hasta que recordaba que eso sería para toda su existencia, la suya, la de sus hijos, la de sus nietos...”.

Noventa días después de aquel primer encuentro en Sevilla, la reina Beatrix le informó a su hijo mayor que su novia sería bien recibida en la casa de verano. Gracias a los Servicios de Información de Holanda ya sabía de su existencia, de su pasado, de su presente y, casi, de su futuro. Máxima podía continuar una tradición que se extiende desde finales del siglo XIX en la realeza holandesa: la de las mujeres fuertes.

Para lograr su cometido, la Reina madre la mandó a adiestrar a Bruselas, cerca del reino pero a resguardo de las infidencias. Le pusieron a disposición profesores de holandés, catedráticos de historia, especialistas en arte, en monarquía e historia parlamentaria, comunicadores, analistas, economistas, dirigentes políticos, expertos en comunicación, marketing y protocolo. Los mejores hombres del reino trabajaron para hacer de Máxima una verdadera princesa y una futura gran reina. Cuando finalmente la sacaron al ruedo público, Máxima ya era “una holandesa nacida en Argentina”.

Ella hizo todo, pero estuvo a punto de no casarse. Además de ser plebeya, extranjera y de un país tercermundista, el Parlamento holandés repudió que fuese hija del ministro de Agricultura del dictador Videla, cuyo régimen dejó alrededor de 30 mil desaparecidos. Para aprobar la boda, el Parlamento exigió a Máxima una “declaración expresa de distanciamiento del régimen de Videla” y una carta oficial donde su padre se retractara de lo hecho durante la dictadura ante el pueblo holandés. Igualmente, fue condición que al casamiento no asistieran los padres de la novia. Máxima debió contentarse con ofrecer a su padre, que la miraba por televisión desde un hotel de Londres, los acordes de su canción favorita, “Adiós nonino”, de Astor Piazzola, a manera de contraseña.

A 11 años de su salida del mundo plebeyo, madre de tres niñas (la primogénita heredará el trono de Holanda y los Países Bajos), los expertos en realezas europeas no dudan de que el carisma de Máxima ha logrado despertar a la monarquía holandesa de un prolongado letargo.

Los rigores de la jaula de oro

Las reglas del protocolo estipulan que Máxima se moverá siempre custodiada por el Departamento de Protección Real y Diplomática, no podrá ofrecer entrevistas sin autorización de la oficina del Primer Ministro, fumar, vestir jeans, usar anteojos, besar en la boca a su marido, caminar delante de él, ni saludar con un beso a su interlocutor. Pero el contrato prenupcial implicó abdicaciones mucho más severas, incluso, que la renuncia a la ciudadanía argentina. Si ella deja de ser la esposa de Guillermo Alejandro, pierde la patria potestad de sus hijas: su marido elegirá colegio, vivienda, vacaciones e impondrá hasta el régimen de visitas de su madre.

Si bien en calidad de princesa, Máxima es una asalariada (es la única de las mujeres de la familia real, a excepción de la reina, que cobra un promedio de un millón 250 mil dólares anuales, libres de impuestos) en caso de divorcio, no podrá quedarse con ninguna pertenencia de su marido, ni nada que haya adquirido durante el matrimonio.

— CLAUDIA SELSER