12 de junio de 2013 / 03:50 p.m.

Washington • El 14 de diciembre de 2012, a las 10:30 de la mañana, Adam Lanza irrumpió en la escuela primaria Sandy Hook de la localidad de Newtown, unos 100 kilómetros al norte de Nueva York. Comenzó a disparar a su alrededor con varias armas. Mató a 20 niños y seis adultos, y antes de abandonar su casa el joven de 20 años había dado muerte también a su madre.

Tras perpetrar la masacre, Lanza se suicidó. Este viernes se cumplen seis meses de la tragedia, recordada como uno de los peores tiroteos que sacudieron Estados Unidos.

Aquel día la idílica ciudad de Connecticut dejó de ser el lugar que era. Las cámaras han desaparecido hace tiempo y los agentes del FBI han cerrado su representación local. Tampoco quedan velas y muñecos de peluche que conmemoren el episodio. Alguien dijo que podrían asustar a los niños que van a la escuela. Porque el miedo sigue estando.

"Cada vez que uno entra en un aula, mira para todos lados para ver dónde se podría esconder", cuenta una alumna de 17 años a CNN. "Hasta los maestros han dicho que lo hacen".

La escuela, que sigue cerrada, será demolida en breve y reemplazada por una nueva construcción en el mismo lugar.

La familia Barden perdió en la masacre a su hijo menor, Daniel. Lo peor, cuentan los padres a "The Washington Post", son las mañanas, a la hora en la que solían esperar juntos el bus escolar. Para intentar superarlo, intentan salir a dar un paseo en ese momento, desayunar o volver a la cama. Todavía no han logrado volver al trabajo y desde la muerte de Daniel, su hija sufre ansiedad y cada día viven una auténtica lucha hasta que consiguen que vaya al colegio. Además, los cuatro miembros de la familia duermen en una misma habitación de la casa.

Los Barden impulsan ahora la lucha para lograr una ley de posesión de armas más estricta. Desde la masacre de Newton, 4 mil 800 personas perdieron la vida en Estados Unidos por culpa de pistolas y fusiles, según la página web Slate, que contabiliza este tipo de muertes que a diario se producen en el país.

Sin ir más lejos, el pasado viernes un hombre mató a cinco personas y se suicidó en California. Y el domingo, un niño de cuatro años mató por accidente a su padre con una pistola que no estaba guardada bajo llave. "Es nuestro deber que la gente lo recuerde", asegura Mark Barden, el padre de Daniel.

Tras la masacre de Newtown, muchos estadunidenses esperaban que realmente se impulsara una ley más restrictiva en cuanto a la posesión de armas. Parecía que soplaban nuevos vientos en un país amante de las armas. El propio presidente, Barack Obama, lo convirtió en una cuestión prioritaria, pero topó con los republicanos y el lobby armamentístico.

Muy pronto quedó claro que no saldrían adelante medidas como la prohibición de armas de uso militar o de las grandes tiendas donde pueden comprarse. Y en abril, una mayoría del Senado votó incluso en contra del establecimiento de mayores controles para los compradores de armas, aunque según las encuentas el 83 por ciento de los estadunidenses apoyaban esa medida. Un "día vergonzoso", según Obama.

Aunque en Washington la cuestión no parece moverse mucho, algunos estados endurecieron la legislación de armas, sobre todo en el noreste, de tendencia liberal. Pero otros más conservadores flexibilizaron aún más la normativa.

Entretanto, las familias de las víctimas viajan esta semana a Washington para aumentar la presión sobre la oposición republicana. La asociación "Alcaldes contra las armas ilegales", liderada por el de Nueva York, Michael Bloomberg, comenzó el viernes un tour en autobús que la llevará por 25 estados. Bloomberg, además de alcalde, millonario, dejó claro además que apoyará financieramente a candidatos de todo el país que apoyen una ley más restrictiva.

DPA