10 de abril de 2013 / 01:32 p.m.

 

Al organizar el pasado 12 de febrero un tercer ensayo nuclear, el gobierno de Corea del Norte desató una nueva crisis internacional. Teniendo en cuenta la posición única que ocupa la península coreana en la encrucijada de cuatro potencias como son China, Rusia, Japón y Estados Unidos, cualquier tensión puede tener repercusiones mundiales, potencialmente nucleares desde que Pyongyang dispone del arma atómica.

Es difícil sin embargo reprimir una sensación de déjà vu. Antes de los últimos ensayos nucleares, a cada disparo de cohete, cada año, en la primavera, cuando EU y Corea del Sur organizan sus maniobras militares conjuntas, es el mismo escenario. Pyongyang eructa contra el imperialismo norteamericano, Washington y Seúl replican en un tono marcial, la ONU condena y la opinión pública internacional se indigna. Y luego la tensión decae, ya que Corea del Norte no tiene ni los ni lanzadores ni la habilidad nuclear indispensable para llevar a cabo sus amenazas. Tampoco tienen interés en ello: en caso de represalias, el régimen sería barrido. A menos de jugar como Peter Seller al doctor Folamour, ¿de qué sirve una guerra cuando se está seguro de perder?

La crisis actual llama la atención, en primer lugar por su duración: hace casi dos meses que Kim Jong-un se montó sobre sus caballos y todavía no se ha detenido. La retórica de la guerra fría, a la que era afecto su padre Kim Jong-il, ha sido reemplazada por ataques falaces. Antaño tratados como títeres a sueldo de Estados Unidos, los surcoreanos son ahora unos “pobres cretinos”.

El objetivo de Kim Jong-un es más que incierto. Su padre sobresalía en el arte de exagerar para obtener algo: ayuda alimentaria, petróleo, prestigio internacional. Pero Kim Jong-un parece estar preso en una espiral del bluff de la cual le resulta cada vez más difícil salir. Ya no es la exageración la que es cuestionada, ¡sino quien exagera!Bajo Kim Jong-il, Corea del Norte desaprovechó todas sus oportunidades. Durante la partición de la península en 1953, el régimen comunista lo tenía todo para salir adelante: las minas, las presas, las fábricas cedidas por los japoneses y los obreros más calificados. Pero el estalinismo industrial de Kim Il-sung lo desperdició todo. A fuerza de preferir la cantidad a la calidad y la planificación al mercado, la economía norcoreana se hundió. En los años 1990, sus fábricas recuerdan a Tintín en el país de los Soviets: martilleos sobre chapas oxidadas. Además, una deforestación destruye el medio ambiente. En 1995 y 1996, inundaciones catastróficas anegan el sur del país. Incapaz de alimentarse, el Norte conoce una hambruna que deja más de dos millones de muertos, es decir cerca del 10 por ciento de su población. Exangüe, el país pasa a depender del goteo de la ayuda internacional.

Para Kim Jong-il, que sucedió a su padre en julio de 1994, la opción más plausible era una apertura económica a la china. Pero eso nunca quedó fuera de discusión. En nombre de la idea juche, que mezcla marxismo y confucianismo y promueve la soberanía nacional hasta la autarquía, el sistema se transforma en dictadura militar. El ejército mantiene el orden y se beneficia de todos los privilegios. La economía de mercado corre el riesgo de socavar las bases de esta aristocracia. Bastará con tolerar los mercados rurales y algunas pequeñas y medianas empresas específicas...

Para obtener la ayuda internacional, Kim Jong-il recurre al bluff. Tira de la cuerda humanitaria mediatizando el hambre. Incluso saca provecho de los campos de concentración que mantienen el reinado del terror. Los testimonios de los rescatados provocan la indignación mundial, pero refuerzan las donaciones. Sin embargo, Kim Jong-il cuenta sobre todo con el recurso nuclear. Desde los años 1980, Pyongyang se lanzó en la carrera atómica. Oficialmente, se trata de un uso civil. Pero los servicios de información occidentales descubren que esconde un programa militar.

Entonces, el gobierno norcoreano ve la oportunidad de sacar dinero negociando el programa a cambio de alimentos, petróleo y sobre todo divisas. El recurso se pone rápidamente en práctica. Se hace escalar la tensión. Las cosas dan un giro y se obtiene la ayuda deseada.

El recurso del bluff funcionará durante una década. Luego, China y Corea del Sur instalan a lo largo de sus respectivas fronteras zonas económicas especiales que le permiten al Norte sostenerse sin tener que convertirse a la economía de mercado. La carrera nuclear también tiene la ventaja de legitimar a Kim Jong-il a los ojos de su ejército y de asentar su popularidad ante una opinión pública local hipnotizada por la propaganda.

 — PASCAL DAYEZ-BURGEON