23 de julio de 2013 / 01:45 p.m.

Río de Janeiro • Los carteles de las Jornadas Mundiales de la Juventud (JMJ), en Río de Janeiro, anunciaban triunfalmente: “Jesús tendrá 4 millones de seguidores: ¡se uno de ellos!” Pero el “efecto Francisco” no bastó. Pese al flujo de varios miles de inscripciones tras la elección del papa argentino, el cardenal Jorge Bergoglio, el 13 de marzo, solo 1.5 millones de jóvenes católicos de todo el mundo eran esperados en Brasil. “La crisis económica” está en el centro del optimismo alicaído de los organizadores brasileños y sus previsiones.

Las JMJ, que tiene lugar cada dos o tres años, siguen siendo la más importante de las demostraciones de fuerza de la juventud católica. Esta vez, azar o “providencia”, como dicen en Roma, el encuentro, previsto para su antecesor Benedicto XVI, tiene al frente al primer Papa latinoamericano de la historia, que llegó ayer a Brasil, en su primer viaje al extranjero.

Un destino bastante en sintonía con las principales preocupaciones destacadas hasta ahora por el nuevo Papa: pobreza, desigualdad social, dimensión misionera de la Iglesia, rol evangelizador de los jóvenes... Uniendo lo útil a lo agradable, el Papa, un apasionado del futbol, también podrá encontrarse con las antiguas estrellas Pelé y Zico y el joven jugador Neymar.

Pero el recibimiento forzosamente entuasiasta que reservan las JMJ al Papa en “el país católico más grande del mundo” —con todavía 123 millones de fieles (63 por ciento de la población), según el censo de 2010— no alcanza para esconder los desafíos que enfrenta la Iglesia católica, también en esta área: secularización, desafección de los más jóvenes por la práctica religiosa y competencia de otras creencias.

Mientras que Brasil acaba de conocer grandes manifestaciones para denunciar el costo de vida, la corrupción y los gastos suntuarios ligados a la organización del Mundial de Futbol 2014, el Papa, que ha enfatizado desde su elección en el tema social, deberá insistir en el tema si quiere ser el vocero de los marginados de la globalización. Esto sin seguir los pasos de los teólogos de la liberación, de los cuales él reconoce que tuvieron “cosas buenas y otras no tanto”, pero rechaza su postura “marxistizante”.

El Papa, que pretende encarnar “una Iglesia pobre para los pobres”, tiene previsto llegar a pie a una de las favelas más desheredadas y, hasta hoy, una de las más violentas de la capital brasileña, con el mayor índice además de toxicómanos, donde seguramente Francisco hablará de la estragos de la droga y la prostitución como otras formas “de la esclavitud moderna” que él denuncia.

Pero Brasil y, más ampliamente, el continente sudamericano constituyen, sobre todo para la Iglesia católica un apuesta de (re)conquista. Si bien la piedad popular aún puede prender aquí, la secularización avanza: 8 por ciento de la población brasileña se dice sin religión y de 2000 a 2010 la cifra de católicos de 15 a 19 años se redujo 15 por ciento, cuando al mismo tiempo los evangélicos crecieron 50 por ciento.

Además de la diversidad religiosa, dominada por el desarrollo imparable de las iglesias evangélicas, “las sectas agresivas” según les dice el del Vaticano, las prácticas del sincretismo —en un país de mayoría negra, descendiente de esclavos bajo a colonización portuguesa— debilitan el lugar de la Iglesia católica. Al respecto, el Papa es tal vez, de todos sus predecesores, el que tiene la visión más clara sobre esta evolución.

STÉPHANIE LE BARS-LE MONDE