jorge almazán
10 de junio de 2015 / 08:19 a.m.

Ciudad de México.- Ramón Ayala luce cansado. Sus cinco Bravos del Norte están agotados. Llevan una semana trabajando y solo han dormido tres horas. Aun así, El rey del acordeón, ganador de cuatro premios Grammy —dos estadunidenses y dos latinos— y cercano a cumplir 70 años el próximo 8 de diciembre, no deja de repartir sonrisas y abrazos ni de estrechar manos: su trabajo lo requiere.

A la usanza de los grupos regionales, todos visten de chaquetín y pantalón rojos que hacen juego con sus botas, camisa y tejana negros, todos con un Cristo de oro colgando en el cuello, aunque Ramón, en medio de la cadena, trae a la Virgen de Guadalupe, por supuesto, también en ese metal.

Ayala dice a sus Bravos que vayan a descansar, mientras él, siempre con su muletilla "¿verdad?", platica con Dominical MILENIO.

¿Es cierto que comenzó a tocar el acordeón a los 5 años?

Mi historia es muy bonita. Soy nativo de Monterrey, Nuevo León; vengo de una familia muy humilde. Mi papá trabajaba en la fundidora de fierro y acero la Maestranza, ahí estuvo 22 años, pero él también era músico, tocaba el tololoche, y sí, a los cinco años comencé a tocar el acordeón.

Niño prodigio...

No sé, pero era lo que más me gustaba y soñaba. Dormido movía los dedos, mi apá le decía a mi amá: "Mira al niño, cómo mueve los dedos, como si tuviera un acordeón. ¿Sabes qué?, vamos a vender al Vocho (un marranito que tenían) y con eso le vamos a comprar un acordeón a mi'jo". Lo vendieron por 300 pesos, el acordeón costó 250, así que hasta tuvo ganancia.

Era de juguete, se le caían los botones y yo se los pegaba con chicle. Con ese aprendí a tocar, porque la música sí era real. Empecé luego luego, y en cinco días yo ya tocaba diferentes canciones, después me compraron uno más profesional… así comencé.

¿Dónde tocaba?

Mi papá tenía un grupo que se llamaba Los Jilgueros de Marín, y me llevaban como mascotita, me sentaban en una mesa, yo tocaba y la gente se me acercaba.

¿Cuánto tiempo estuvo con ellos?

Por cuestiones de trabajo de mi apá nos fuimos de Monterrey a la frontera norte de Tamaulipas, un pueblo llamado Control, ahí le entramos a la pisca del algodón toda la semana, pero sábado y domingo nos íbamos a las cantinas a tocar.

¿Por qué no se fueron a Estados Unidos?

Mi familia es mexicana y pues, esta tierra, ¿qué te digo? Así que nos regresamos y nos quedamos en Reynosa, allá fallecieron dos de mis hermanitos, yo soy el cuarto de nueve.

¿Siguió tocando el acordeón?

No, yo no conocía a nadie, traía un cajoncito de bolear y me iba a la plaza principal a trabajar, pero luego me correteaban los clientes ¡porque les cambiaba de color a sus botas!

¿Cuánto tiempo estuvo de bolero?

Un rato, había que llevar centavos a la casa. Hasta que un día que andaba de aquí para allá en un barrio llamado El Central, allá en Reynosa, me encontré la cantina El Cadillac, donde se juntaban todos los músicos que tocaban en las cantinas, unos jugando dominó o billar y otros en la barra ensayando.

Pero en ese tiempo no permitían la entrada de niños en las cantinas...

Pues no, pero me metí. Voy con los que estaban en la barra, dejé en el piso mi cajoncito y le dije a uno que me prestara su acordeón para tocar una polca, y me dijo: "¿Qué vas a saber tu, puerco mocoso? ¡Vete pa'lla!", pero le contesté: "¡No, sí, préstemelo!", Quien estaba pelando el ojo era Cornelio Reyna, y le comentó a Juan Peña, así se llamaba el músico: "¡Préstaselo, hombre, a la mejor sí sabe!". Cuando me lo dio, comencé a tocar y todos los que estaban ahí me rodearon… ¡tenía 14 años!

¿Esa fue su verdadera entrada al mundo de la música?

Varios músicos me dijeron que me fuera con ellos a su grupo. Con el primero que toqué fue con Homero Guerrero, que después perteneció a Los Cadetes de Linares, y dábamos vueltas en las cantinas. Luego con otros, me cambiaba a cada rato y tiempo después me hace la invitación Cornelio: “Me gusta cómo tocas el acordeón, vente conmigo, vamos a trabajar juntos”. Dije: "ta'bueno", y comenzamos a andar por todas las cantinas, éramos Los Relámpagos del Norte. Así estuvimos como cuatro años, antes de grabar el primer disco.

¿Cuándo fue eso?

En 1963. Un día, un acordeonista muy famoso allá, Paulino Bernal, tenía la compañía de discos Bego y nos dio la oportunidad de grabar; lo hicimos, yo tenía 18 años, y dimos los primeros trancazos, se abrieron las puertas del éxito con "Ya no llores", y seguiría con "Comal y metate", "Ay, ojitos", "La tinta de mi sangre", "Devolución" y "Mi tesoro". Comenzamos en Estados Unidos y luego aquí, y así tuvimos la remuneración económica hasta la separación en 1970, porque Cornelio dijo que iba a probar suerte solo a México, cuando él ya había grabado con mariachi.

¿Qué le dijo?

Pues que estaba bueno y que me quedara con el grupo, hasta llevé un cantante. En 1971 comenzamos como Ramón Ayala y Los Bravos del Norte y los primeros éxitos fueron "Por mil puñados de oro", "La pura maña", "El espejo" y "Detrás de estas flores". Ahora llevamos 53 años haciendo grabaciones y en este 2015 sale nuestro disco 103, creo que nadie tiene tantos"

¿Cómo fue trabajar con Cornelio?

En las cantinas sacábamos tres o cuatro pesos, comprábamos carne y nos íbamos con la señora de él para que nos hiciera un guisadito. Sufrimos mucho, pero era bien bonito.

¿Todo le salía bien?

No, pero era lo bonito de la vida. Había mucha gente aprovechada. Cuando tocábamos en las cantinas había unas personas muy canijas que trataban a los músicos como si fueran basura. Una vez nos íbamos a meter a una, Cornelio fue el primero, y cuando abrí la puerta estaba una persona ahí que pues no era grata para nosotros, y mejor me fui a la otra cuadra. Cuando Cornelio sale este personaje le grita: "Ven pa'ca, pelao, ven, Teco —así le decían—, tócame", y él le contestó: "Pos es que mi compañero no está aquí, ¡ya se fue!".

Así que puras cantinas...

No, a veces nos contrataban para fiestas. Una de ellas era para ir a un rancho... Nos llevaron en una camioneta donde cargaban vacas y pos nosotros íbamos cuidándonos de toda la suciedad en el piso.

¿De quién era la fiesta?

Pues mira, solo vimos mucha gente, como cuatro mil, hasta carros de la Federal de Caminos había; a nosotros nos valió y comenzamos a tocar, fueron como dos o tres horas. De repente, que la gente se comienza a ir y nosotros nomás viéndolos.

Supongo que a usetedes los llevaron de regreso...

¡Ojalá! Empezamos a buscar al que nos llevó, y cuál, ¡ya no estaba!, solo había un pastor y le preguntamos por el que nos llevó y nos respondió: "¿Pos quién los trajo?". Nosotros solo le dijimos que era un señor con un camión y que nos dice: "¡No, pos ya no hay nadie, nomás yo!" Así que Cornelio y yo comenzamos a caminar como dos horas por una brecha, quién sabe cuántos kilómetros, hasta que llegamos a la carretera y de ahí a pedir un ride para regresarnos a Reynosa.

En más de medio siglo han pasado muchas cosas...

Pues sí, como la lección que me dio mi apá. Cuando tenía ocho años, le dije que me gustaría ser mecánico automotriz, a la fecha me sigue gustando, pero me comentó que no dejara el acordeón: "Échele ganas, yo sé lo que le digo".

Y dejó la mecánica por la paz...

No, de tanto insistirle, me llevó con un mecánico y me dio chamba. Lo primero que me puso a hacer fue limpiar los fierros en una charola con gasolina, llegué a la casa todo manchado y me dijo: "Ya ves, no es lo tuyo". Le contesté que tenía razón y le seguí en el acordeón y la música.

Ramón Ayala, de la fama a la cárcel, su historia
Empezo a tocar en una cantina a las 14 años. | ESPECIAL

Esa fue una lección, ¿pero qué es lo peor que le ha pasado?

No dormir. Hay cosas que la gente no sabe y no tiene por qué saber. Por ejemplo, llegamos a dormir una hora en dos o tres días porque el tren de trabajo así lo requiere, nosotros nos dedicamos a esto y tenemos que aguantarnos, siempre tenemos que tener buena cara, la gente paga para un buen espectáculo y nosotros cumplimos.

Pero una gran parte de la gente asocia la música regional mexicana con el narco. ¿A usted no le afecta?

A los que interpretan ese tipo de música sí, pero a nosotros no, la gente nos conoce de toda la vida y sabe qué tipo de música cantamos. Tenemos éxitos grandes, rancheras blancas. Nosotros no nos mortificamos porque otros grupos toquen cosas del narco.

Hoy vemos el tema del narco en series y películas. ¿Qué opina?

Hay programas que no deben estar ahí, porque hacen un mal, sobre todo para los niños. Somos padres de familia y cómo va a ser posible que un niño vea cosas de esas, y luego van a la escuela y se juntan con mucha gente que les da y hacen muchas cosas. Ya ves lo que pasó hace poco con el niño que mataron al jugar al secuestro.

En 2009, a usted y su grupo los involucraron con cuestiones del narco por aquella fiesta organizada por el cártel de los Beltrán Leyva en Tepoztlán, Morelos...

(Ramón toma la Virgen de Guadalupe que cuelga de su cuello, la acaricia, suspira y contesta): Ese es un tema que ya quedó en el pasado. Sí, fueron momentos difíciles, pero a nosotros nos contratan, nos pagan y no sabemos quiénes son. Ya te platiqué lo que me pasó con Cornelio, y en ese evento al que te refieres pasó igual. Sí, estuve en la cárcel y salí directo al hospital, pero son cosas que ya no deseo acordarme, porque se vio que nosotros no sabíamos quién era esa gente. Hoy y siempre Ramón Ayala y sus Bravos del Norte han vivido de la música, y por eso ya no hacemos fiestas privadas, solo bailes y conciertos masivos, como lo que hicimos en fecha reciente en la Arena Ciudad de México, pues nadie nos podrá pagar por vivir en tranquilidad.

¿Sus cuatro premios Grammy, dos de ellos estadunidenses, hablan de lo que es Ramón Ayala?

Esos, los 102 discos y el que viene, el Emmy que ganamos hace unos meses. Nosotros comenzamos a hacer una posada anualmente, el año pasado fue la quinceava y la televisamos, pasó en 18 países: México, Centro y Sudamérica, así como Estados Unidos, y sacó el primer lugar como evento, ¡y lo tengo en mi casa!, pero sobre todo, el cariño del público, porque sin ellos no existiríamos, eso no tenemos forma de pagarles.