28 de octubre de 2013 / 03:08 p.m.

Sergio Muñoz era conocido entre sus amigos en esta pequeña ciudad del desierto como un padre agradable, pero la policía lo conocía por su largo historial delictivo.

En semanas recientes comenzó a perder las bases de una vida estable, primero su empleo y después su familia. Después que lo botaron de su casa, se estaba quedando con un amigo, usando y traficando heroína.

Pero la vida se les deshizo completamente cuando Muñoz, con dos rehenes en el maletero de su carro, fue objeto de una persecución el viernes tras matar a una mujer y lesionar a un amigo, a quien mató después que se negó a unirse al plan de Muñoz de un enfrentamiento final contra la policía y los "chivatos".

Muñoz conocía lo suficientemente bien a las autoridades para saber que después de su primera muerte, antes del amanecer, llamó a un policía a su teléfono móvil y le dijo que quería matar a todos los policías de la ciudad. Pero como sabía que en la estación el poder de fuego lo superaría, trataría de "crear el caos" en otra parte, dijo el viernes en una conferencia de prensa Donny Youngblood, jefe de la Policía del Condado Kern.

Muñoz cumplió su palabra. Primero disparó a otros conductores en Ridgecrest, según la policía, y entonces la emprendió a tiros contra los agentes que lo perseguían y a otros choferes durante una persecución en un tramo de 50 kilómetros de carretera que pasan por el desierto unos 241 kilómetros (150 millas) al norte de Los Angeles. El fugitivo sacó de la carretera a otros vehículos y disparó por lo menos 10 veces contra carros que pasaban con una escopeta de perdigones y un arma corta, aunque nadie resultó lesionado.

Al final, Muñoz se detuvo en la carretera U.S. 395, se dio vuelta en su asiento y comenzó a disparar contra el maletero, que había abierto durante la persecución, y donde tenía de rehenes a un hombre y una mujer.

Unos siete agentes le dispararon y le dieron muerte. Los rehenes fueron aerotransportados a un hospital en estado grave, pero se esperaba que sobrevivan. Esas personas no han sido identificadas y la policía no ha dicho nada sobre su relación con Muñoz, excepto que los conocía.

En el vecindario donde ocurrió el primero incidente, la gente dijo que Muñoz era un hombre afable que se detenía a charlar y no mostraba ninguna señal de problemas.

"No se mostraba molesto", dijo Edgar Martínez, que veía a Muñoz en un gimnasio cercano y le limpiaba su casa hace varios años.

Otros lo describieron como un hombre respetuoso y humilde.

Pero recientemente su vida comenzó a derrumbarse.

Primero se quedó sin empleo. Según su página de Facebook, Muñoz trabajaba en Searles Valley Minerals, empresa que produce bórax y carbonato de sodio. No estaba claro si perdió su empleo en Searles o en otro lugar, y el sábado no fue posible comunicarse con la gerencia de Searles.

El domingo pasado, Muñoz, de 39 años, fue arrestado de nuevo y la policía le encontró munición y una jeringa en la casa donde ocurriría el homicidio cinco días después. Muñoz tenía antecedentes penales desde 1994, cuando fue sentenciado a más de dos años de prisión por recibir artículos robados. En mayo fue arrestado por posesión de munición pero el cargo fue desestimado.