18 de mayo de 2013 / 04:27 p.m.

Argentina • No, no se podía fusilar. Pongamos un número, pongamos cinco mil. La sociedad argentina no se hubiera bancado (aguantado) los fusilamientos: ayer dos en Buenos Aires, hoy seis en Córdoba, mañana cuatro en Rosario, y así hasta cinco mil. No había otra manera. Todos estuvimos de acuerdo en esto. Y el que no estuvo de acuerdo se fue. ¿Dar a conocer dónde están los restos? ¿Pero qué es lo que podemos señalar? ¿El mar, el Río de la Plata, el Riachuelo? Se pensó, en su momento, dar a conocer las listas. Pero luego se planteó: si se dan por muertos, enseguida vienen las preguntas que no se pueden responder: quién mató, dónde, cómo" .Con estas palabras y con el tono de quien razona con el máximo sentido común, el ex dictador Jorge Rafael Videla delineó, ante dos periodistas, el plan sistemático de exterminio que encabezó tras el golpe militar del 24 de marzo de 1976 y que, con alrededor de 30 mil "desaparecidos", consolidó el gobierno de facto más cruento de la historia argentina.

La entrevista concedida durante su prisión domiciliaria en 1998 a los periodistas María Seoane y Vicente Muleiro forma parte de su extensa investigación que publicó Sudamericana (2001) bajo el título El dictador. La historia secreta y pública de Jorge Rafael Videla. A lo largo de 550 páginas es posible trazar el retrato de ese hombre flaco y de pocas palabras, correcto y religioso que encarnó el poder hasta el genocidio con la tranquilidad de un buen empleado de ministerio y que ayer murió, con 87 años, solo en su cama de una cárcel común de la provincia de Buenos Aires.

Nació en una familia de clase media conservadora en Mercedes, una ciudad campestre a 100 kilómetros de la capital, en una casa separada apenas por un alambrado del Regimiento de Infantería donde su padre revistaba como capitán. La muerte lo rondó desde la cuna: fue bautizado con los dos nombres de sus hermanos mellizos, Jorge y Rafael, que murieron por una epidemia de sarampión poco antes de que él naciera. Sobreprotegido al extremo por una madre piadosa y sacrificada, Videla fue un chico tímido y distante, que no causaba problemas a sus padres, como tampoco luego a sus maestros, a sus profesores de la secundaria ni a sus instructores del Colegio Militar y que su lealtad a la institución era tal, que podía llegar hasta delatar a un amigo si un superior le pedía que dijera la verdad.

Casado con su primera novia, y padre de siete hijos (uno de los cuales nació con discapacidad), fue ascendiendo en la carrera militar no tanto por sus méritos, sino por “haber estado justo en el bando correcto a la hora de tomar posiciones desde una segunda o tercera fila”. Como otro ejemplo de la banalidad del mal, hasta que arribó a la comandancia del ejército en 1975, Videla no recibió premios ni condecoraciones; no le fueron asignadas tareas especiales y en su foja no consta una sola publicación sobre tema alguno. Pero llegada la hora de la espada, como buen soldado imbuido del interés mesiánico de salvar a la Patria, en su carácter de jefe de la Junta Militar, puso a las tres fuerzas armadas al servicio de los grandes grupos económicos nacionales y extranjeros en lo que dio en llamar Proceso de Reorganización Nacional.

Bajo su órbita, el proyecto neoliberal que aumentó la deuda externa de 12 mil millones en 1978 hasta 43 mil millones en 1982 fue impuesto a sangre y fuego sobre decenas de miles de personas de todas las edades secuestradas y recluidas hasta su asesinato en 520 campos clandestinos de detención, perfectamente orquestados a todo lo largo del territorio nacional. Todavía falta que 400 de los 520 niños-bebés secuestrados a sus padres en cautiverio aparezcan y que las Abuelas de Plaza de Mayo continúan buscando.

Condenado por el gobierno democrático de Raúl Alfonsín, indultado por el gobierno democrático de Carlos Menem, y vuelto a encarcelar en una prisión común por el gobierno de Néstor Kirchner, a lo largo de los diez años que pasó bajo arresto domiciliario y los diez encarcelado, Videla nunca mostró arrepentimiento ni pidió perdón por nada. Con la frente alta, el cuello estirado hasta lo imposible, se reivindicó como un “preso político” que cumplió con el “deber castrense” de combatir “el terrorismo”. Llego a aceptar sí, que lamentaba “las secuelas que deja toda guerra”, como si fueran equiparables las fuerzas del Estado y las guerrillas. Será sepultado sin recibir honores militares porque en 2009 el gobierno dictó una resolución por la cual se prohíbe rendir estos homenajes a los represores fallecidos.

CLAUDIA SELSER