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Puso su carrera de economista al servicio del narcotráfico (Segunda Parte)

El economista brillante, el catedrático del Tec con posgrado en París, pasó los últimos meses de su vida a salto de mata con una identidad falsa

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MONTERREY.- Mientras los negocios que manejaba Reséndez Muñoz iban viento en popa, los capos del cártel de Juárez seguían ampliando sus territorios.

Levantar, secuestrar, torturar y ejecutar era la consigna. Lo importante era que el cártel de Juárez fuera superior a todos los cárteles, incluyendo al de Sinaloa y del Golfo.

Cuando Reséndez se enteraba de las ejecuciones y traslados de droga que el cártel de Juárez realizaba, se intranquilizaba. Temía que lo descubrieran.

En silencio sufría por saber que la DEA y todas las policías buscaban hasta por debajo de las piedras indicios que los llevaran a descubrir las guaridas de los capos.

La entonces procuradora estatal, Álida Bonifaz Sánchez, convencida de que algunos capos de la mafia junto con sus familias vivían en San Pedro o en Monterrey, prometió atraparlos.

Entonces Reséndez quiso oponerse a que en la papelera Laksmi se guardara droga, pero comprendió que tenía que callar, obedecer y someterse a las exigencias del cártel al que servía.

Luego de dos años de servir al grupo delictivo comenzó a tener miedo. Puso gente encubierta para detectar si la Policía rondaba la papelera y las casas de cambio.

El informe confirmó sus sospechas. Habló con su esposa. Le mintió al decirle que lo habían engañado. Que descubrió que los inversionistas eran en realidad narcos.

Su esposa le creyó. La zozobra aumentó cuando sucedió lo que tanto temía. La Policía descubrió que en la papelera se guardaba droga y que él era su dueño.

Sin pérdida de tiempo se escondió en diferentes partes de la ciudad. Solo su esposa permaneció en la casa.

Una vez que corroboraron que la papelera, la casa de cambio y otros negocios estaban a su nombre y que los utilizaban para lavar dinero, se preparó su captura.

El 20 de junio de 2001, elementos del Ejército, la DEA, ministeriales y federales llevaron a cabo la operación ‘Marquis’ que inició en Estados Unidos con la captura de operadores del Cártel de Juárez en diversas ciudades norteamericanas.

Catearon los negocios y la casa ubicada en Corinto 303, en Jardines de San Agustín, en San Pedro. El objetivo principal de la acción era detener a Eduardo Reséndez.

En la vivienda solo estaba Bertha Adriana Hernández Cruz, esposa de Reséndez, quien fue detenida y llevada a la Ciudad de México.

La acompañó el abogado Juan Ángel Treviño, quien se identificó como su apoderado. En el domicilio aseguraron cinco autos, dos computadoras y varios discos duros.

La DEA exigió a las autoridades mexicanas su pronta captura y extradición inmediata. Pero Reséndez se volvió ojo de hormiga.

La Policía lo buscó por todas partes. Nadie pudo encontrarlo. Hubo quien llegó a pensar que lo habían matado, pero estaban equivocados.

Reséndez por medio de sus contactos y con el poder de su dinero logró obtener la identidad de un hombre que en 1997 había sido atropellado y muerto cuando circulaba en su bicicleta en Santiago.

La víctima se llamaba Esteban Rodríguez González, mismo nombre que Reséndez adoptó. Con su nueva identidad se fue a vivir a Saltillo, Coahuila.

Ahí alquiló una casa, se dejó crecer la barba, logró tramitar una credencial de elector y hasta una licencia de manejar con ese nombre.

Mientras Bertha Adriana Hernández Cruz, esposa de Reséndez, seguía detenida en las instalaciones de UEDO, Álida Bonifaz no daba tregua en la búsqueda del criminal.

Por más esfuerzos que hicieron no dieron con su paradero. Nadie se imaginaba que usurpando el nombre de un difunto vivía con cierta "tranquilidad" en Saltillo.

Así transcurrieron ocho meses, pero para ese tiempo, las relaciones entre los capos del cártel de Juárez y Reséndez ya no eran buenas.

Habían perdido muchos millones de pesos. Reséndez les pedía más dinero, necesitaba pagar a los abogados para la defensa de su esposa y para vivir. La Policía le había confiscado todo.

Los capos ya no fueron tan complacientes. Tal parecía que ya no lo necesitaban. Con el poco dinero que le dieron apenas le alcanzaba para seguir escondiéndose.

Se encontraba en una encrucijada. Después de contar con tanto dinero a su disposición, ahora nada tenía. Su desmedida ambición les estaba cobrando la factura.

Tuvo todo para ser feliz, vivir con tranquilidad y ser exitoso como profesionista, pero jugó con su destino y perdió. Era muy tarde para lamentar.

Desesperado quiso hablar directamente con el capo del cártel de Juárez. Se pusieron de acuerdo. Una mujer sería el conducto. Se citaron en la colonia Talleres, al poniente de Monterrey.

La noche del sábado 2 de marzo de 2002, tal como lo había planeado, llegó Eduardo Reséndez en un Chevy. Se estacionó junto a las vías del ferrocarril, en la citada colonia.

La mujer subió, empezaron a platicar. Fue en ese instante cuando se le acercó una camioneta y sus tripulantes lo ejecutaron al volante. La mujer huyó con los gatilleros.

Al principio se creyó que la víctima era Esteban Rodríguez González, de 46 años, pero al revisar la guantera del miniauto encontraron el pasaporte, licencia y otros documentos a nombre de Eduardo Reséndez Muñoz.

Ante la duda, los peritos rápidamente analizaron las huellas del difunto y supieron que el hombre ejecutado era el cerebro financiero del cártel de Juárez; el hombre que puso su carrera de economista al servicio del crimen.

El prestigiado analista, editorialista y autor del primer gran libro sobre el Impuesto al Valor Agregado que aún no existía cuando lo publicó, se dejó arrastrar hasta el inframundo del narcotráfico, donde se vive mal y se muere peor.El economista brillante, el catedrático del Tec con posgrado en París, pasó los últimos meses de su vida a salto de mata con una identidad falsa, buscando la fama y el dinero que nunca llegaron. Tal vez el día más importante de su vida... fue el de su muerte.

dezr